Mientras desayuno, veo por los ventanales el prado, quizá huerto, de la iglesia románica de San Sixto, que tiene la elegancia de la sencillez; a mi lado –también está en la habitación de al lado– Abraham B. Yehoshua, el escritor israelí, con el que comparto las dificultades para manejar la máquina de café y un inglés chapurreado, bastante malo, el mío al menos.
Quizá Cervantes hubiera preferido descansar en esta iglesia de trofeos mejor que en las trinitarias madrileñas de la calle Huertas, donde al fin y al cabo han perdido sus huesos. No sé. Si así hubiera sido hubiera tenido la comprensión sobre todo de ese admirable grupo de hispanistas que van en bici o andando a la universidad –cuántos placeres he perdido en esta vida–, colegas que conocen al dedillo el Libro de Buen Amor, romances viejos, a Castillejo, a Quevedo y la picaresca, a Góngora, a Lope, a Montalbán, a Espronceda, al teatro actual....

Tampoco pude proseguir las charlas –Espronceda, la carta al Papa de Quevedo– con mi buen amigo y colega Alessandro, que anda recuperándose de una caída, para volver a coger la bici, ya que la estructura irregular del suelo pisano le joroba más que el rodar apacible de las bicicletas. ¡Quién hubiera podido hacer un comentario semejante! Ni he podido canturrear romances mientras ayudaba a cuidar el jardín de la foto, en esa hermosa casa en donde hay muchos libros, mucho jardín y dos personas admirables. Nos hemos emplazado para Madrid. Bicicletas y campanas en esta mañana limpia de domingo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario