Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

viernes, 6 de enero de 2012

Ir de librerías


 

Ahora que ando, con mi gente, terminando de planificar una colección de textos clásicos en formato electrónico, me preguntan con frecuencia sobre el futuro del libro y la coincidencia de intereses entre proyectos digitales y los viejos, amados, benditos impresos. No sé lo que pasará, desde luego; sospecho que la solución normal dejará que ambos –y otros– sistemas prevalezcan, como ocurrió con la radio y la televisión en otros niveles. Leeremos libros, sobaremos su encuadernación, oleremos sus hojas, nos complacerá o no su tipografía, los apiñaremos en la mesita de noche, nos los llevaremos a la playa, a la parada del autobús, a la sala de espera del oculista y hasta seguiremos regalándolos para que las personas que tanto queremos sientan como nosotros cuando recorremos sus páginas. No impedirá sin embargo nuestro amor al libro que rechacemos las bondades de un artilugio electrónico que nos permitirá aligerar la maleta, la biblioteca (¡por fin!), y llegar directamente al texto sin el placer de demorarnos tanto en su envoltorio. La coquetería del libro seguirá, qué duda cabe, encandilándonos. 

Situación como la descrita he notado que acentúa una vieja manía de letrados: entrar en las librerías, curiosear, rebuscar entre anaqueles, comentar que solo se va a mirar, para terminar comprando algo, desde luego, y caer en la maravillosa sensación de ese chocolate, que admite pocos parangones y que, si bien se cultiva, como algunos otros (las flores, la carne, el chocolate.... ¡dios mío, si son muchísimos!) consiguen que nuestro paso por esta vida –sobre todo si uno es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid– sea menos doloroso.
Mi archivo de librerías y fotos de librerías de Madrid es bastante grande, como el de las bibliotecas, sobre lo que tengo varias entradas pendientes en este blog; en esta ocasión he tomado pie de la última que visité, La Buena Vida, porque era de las nuevas, con cafetería incluida, para añadir al calor de la librería el del reposo cafetero, como una docena de las que ya andan por Madrid, entre las que se llevan la palma las de "8 y media" y la del cine Doré (de las que ya he dado noticia en otro momento): en La Buena Vida compré el último libro de Martínez Sarrión y pedí permiso al encargado –como hago siempre– para obtener un par de fotos. He añadido a esa librería,  en las cercanías de la plaza de Oriente, bien simpática –aunque no tenía entre los fondos poéticos ningún libro mío de versos, vaya por dios– la noticia de otras cuantas muy curiosas del Madrid viejo: espero que se lean bien los rótulos que indican su contenido especializado.

Ir de librerías es lo que aconsejo muchas veces a mis alumnos (¿me harán caso?) como un modo de cultivar el conocimiento de lo que se lleva, lee, produce, etc., literariamente; y comprar luego lo que se pueda y si no se puede, jurársela: "En cuanto tengo 12 euros me vengo, tomo un café y me compro los versos de este profe, que está como una moto".

1 comentario:

  1. Llámame clásico, pero yo espero poder encontrar y leer China destruida en papel...

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