Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

lunes, 31 de marzo de 2014

Octavio Paz por todos lados

Bien está que un humanista y en lengua española ocupe las emisoras de radio, las noticias, los periódicos, los escaparates y mostradores de las librerías; ojalá se le lea, aunque no es fácil: su prosa es abrumadoramente culta y su poesía, no sé por qué, ha llegado poco al público y siempre anduvo un poco a contracorriente de lo que triunfaba. A mí me parece de lo mejor de su obra, con el aliciente –para mí lo es– de sus múltiples resonancias quevedianas, prácticamente desde sus inicios, pues ya una cita quevediana abre una de las partes de Bajo tu clara sombra, que en el volumen de completas –que ya tiene Árbol adentro, el de Seix Barral de 1990, va fechado entre 1935-1944. Luego se complació en dedicarle muchos rincones y de recordarlo al paso muchas veces. 

La poesía de Octavio Paz contiene una dosis altísima de inteligencia, de homo sapiens, de mono gramático, y esa virtud entraña a veces cierta dificultad, porque estamos acostumbrados a que a los versos vaya casi solo la emoción. Mi buen amigo y colega J. Reichman diría y con razón, si me oyera, que la emoción puede derivar de la inteligencia, y yo le seguiría y añadiría un item más: y esa es la emoción que más nos ennoblece, la que alcanza las raíces de nuestro pensamiento. En ese nudo se da también una coincidencia con el Quevedo poeta, que construye muchas veces desde la inteligencia.   La ideas se disipan / quedan los espectros: / verdad de lo vivido y padecido, /Queda un sabor casi vacío: / el tiempo.... Y ambos construyen una filosofía poética del tiempo, dramática en el creyente histórico y barroco, Quevedo; existencial en Paz. Pero de eso tienen la culpa los 400 años de distancia.

Una de kas ilustraciones de El mono gramático
Perdido por algún lugar de mi biblioteca anda la separata de "Homenajes y profanaciones", reeditado como folleto en años no demasiados lejanos (databa de 1960), que lo es del famoso soneto de Quevedo "Cerrar podrá mis ojos la postrera....", al que siguen siete profanaciones de homenaje en siete poemas o estrofas. Es un homenaje directo y evidente, desde luego, pero el recuerdo de los versos de Quevedo es constante en su poesía: abrumadora en Calamidades y milagros, en donde suena Quevedo no solo en el contenido y las imágenes, sino hasta en la forma y el tono: Prófugo de mi ser, que me despuebla / la antigua certidumbre de mí mismo...  Es un libro que se ha redactado con los versos de Quevedo en la memoria. Solo al perseguir ese motivo (el del ensimismamiento), nos reencontramos la voz de Paz doblando la de Quevedo en otros lugares: "ando a tientas en mí mismo extraviado", por ejemplo; incluso la poética desviación de hablar con los difuntos llega a O.Paz con las palabras son mis ojos.... (en Pasado en claro).  Luego suaviza su presencia, claro está, porque Octavio Paz es un poeta de travesía (como Juan Ramón, por ejemplo), que escribe durante medio siglo y se empapa de todo lo que pasa, sin temor a recoger de las tendencias estéticas lo que mejor le parece, así sea extravagante o alejado de los cauces más tradicionales, como bien muestran poemas como "Custodia" o libros como Blanco (1966) o Vuelta .

Octavio Paz vino a la Universidad Autónoma, en donde pude hablar brevemente con él, y algo tuvo que ver en su presencia el Seminario de Edad de Oro, que le había invitado –como a Alberti, Cela, Eugenio Asensio, Lapesa, Bryce Echenique, Saura, Zamora Vicente, Rivers, Tierno Galván, Benet, Aranguren.... y tantos otros, antes de que llegaran los lobos de la mediocridad. Presentó en la UAM su libro sobre Sor Juana, con esa actitud distante e hierática que le permitía ser elegante y preciso al mismo tiempo. Luego vi sus actuaciones públicas varias veces: lo recuerdo explicando un cuadro del Museo del Prado, y recuerdo la evocación de Ullán –con el que mantenía una actitud de complicidad– en la prensa, a su muerte. 

Me gustaría terminar citando un poema (de Ladera Este, 1962-1968) en donde se hermanan Góngora, explícitamente citado, y Quevedo, recordado al acabar el poema, incluso con el motivo antes ciado, y en donde vuelven a conjugarse dos de sus motivos mayores, la palabra y el tiempo.

Lejanías
           Pasos de un peregrino son errante
sobre este frágil puente de palabras
la hora me levanta
hambre de encarnación padece el tiempo
Más allá de mí mismo
en algún lugar aguardo mi llegada

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