Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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jueves, 2 de enero de 2014

¿Pintura fuerza?

Idea: Pintura Fuerza. En el gozne de los años 70 y 80



Una exposición en el Palacio Velázquez del Retiro (Madrid, depende del Reina Sofía), lugar majestuoso y poco conocido –a pesar de su ubicación y de que la entrada es gratuita–;  dispone una muestra de pintura española de hacia 1970-1990, la que creó la generación de los nacidos hacia 1940, la que empezó a crear cuando, a la muerte de Franco, se pudo liberar del compromiso histórico social. Mucho me interesa: ponerse puede en relación con todo lo que se hace en aquellas dos décadas, por ejemplo, con las nuevas formas narrativas, una vez superados los realismos, los socialismos e incluso la primeras rupturas con todo el aparato político-social. ¿Que aparece en esa exposición? No soy experto en movimientos artísticos ajenos a la palabra y he pedido a los reyes magos que me traigan la renovada –supongo– historia de la pintura en el siglo XX que acaba de publicar mi antiguo colega de la UAM Valeriano Bozal. 


Da la sensación de un retorno al punto en donde se dejó –conceptualismo, minimalismo, compromisos sociales, rupturas....–, pero con todo aquello asimilado, lo que suele ser normal en todos los juegos que suceden a rupturas muy sonoras o a compromisos que no terminan por avenirse bien con la libertad artística. Tampoco creo que se haya recuperado –vía el culturalismo– la dimensión no necesariamente histórica del arte, o que se haya intentado, por más que los matices de estas manifestaciones sean más ricos; antes bien parece que hay un retorno a superar la tradición desde la misma tradición. Yo veo al menos la abstracción pulida, el ejercicio de la imaginación sobre territorios desfigurados (¡cuantos espejos y cuantas caras borradas!), el refinamiento de la figuración en modelos exquisitamente trabajados, la repetida aparición de la ironía y las ganas de volver a saludar al buen público.... y de su mano al mercado, desde luego, y no lo digo como crítica.



Es bastante probable que durante esos años el territorio vacío se haya convertido en lugar de tanteos y de ensayos –como en literatura– y que la tarea más libre, en general destrabada de funciones políticas muy concretas, pueda volver su mirada hacia aspectos menos domésticos de nuestra historia y de nuestra cultura. Ya nunca se va a volver a la fotografía colectivamente, desde luego, que queda como territorio conquistado; pero quizá tampoco a la exacerbación estética de la pintura abstracta y la generación anterior (Zóbel, Laffon, Sempere, Gordillo, Genovés...); ni tampoco hacia el conceptualismo –aunque otras cosa nos van  a volver a decir apenas un par de décadas después–, del que hay una muestra única y muy llamativa, que se le dice al espectador nada más abrir la puerta del Palacio (la de Juan Navarro Baldeweg).


Junto a él, los cuadros de Alfonso Albacete, Miguel Ángel Campano, Ferrán García Sevilla y Manolo Quejido, que ilustran esta entrada. Se hubiera podido estirar todo a otros nombres, como siempre pasa con las antologías: Barceló, Sicilia, Romero... Pero bien está la muestra como tal, para que el paseante entre y salga de los cipreses calvos del palacio de cristal, que se aparecen en cuanto uno sale, a los saltos de una imaginación pictórica dispersa y renovada.



Como tengo la suerte de que Sicilia ilustró una edición que hice del Cancionero y romancero de ausencias, de Miguel Hernández (Madrid: Imprenta Artesanal) y jamás he visto el libro en el mercado, me parece  buen motivo para cerrar la noticia de la exposición. Edité el libro con Pablo Moíño hace unos años por encargo de Claudio Guillén, director de una colección exquisita, que no se distribuía bien, desgraciadamente terminada, como actividad cultural del Ayuntamiento, cuando hubiera sobrado el sueldo de cualquiera de las decenas de consejeros para mantener tres o cuatro actividades como esta.



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