Resulta difícil y complicado moverse en el universo de la novela actual, sobre todo –que es a lo que me voy a referir ahora– de la escrita en lengua española. Las obras no se han decantado a su paso por la lectura de generaciones y aparecen y desaparecen vertiginosamente, como las canciones del verano, a veces impulsadas por campañas editoriales –o de otro tipo–, a veces promocionadas por movimientos compulsivos de lectores ávidos de buenas lecturas, por modas que provoca el cine, el teatro o cualquier otra circunstancia. Yo mismo, en pocas ocasiones, es cierto, he dado la imagen de algún relato actual en este blog y me he sorprendido de reacciones o comentarios que no esperaba.
En alguna de mis últimas clases hube de sacar a relucir el tema, porque pensaba que uno de los mejores modos de alcanzar cierta pericia y gracia en la expresión, sobre todo en la escrita, podría lograrse con buenas lecturas de textos en prosa (novela, ensayo, periodismo, etc.) que yo aconsejaba realizar despacio paladeando buenos escritores, deteniéndose incluso de vez en cuando en alguna página para asomarse a los talleres donde se cocinó el léxico, se amañó la sintaxis, se trabajo en niveles semánticos, etc. A la hora de recomendar modelos para esa gimnasia, me salía la prosa de clásicos modernos, que es lo que recomendé, encareciendo muy mucho que la recomendación no entrañaba el encomio narrativo: Gabriel Miró y Azorín pudieron ser dos excelentes escritores –cuyo modo de escribir es histórico, no actual–, pero resultan un desvío como novelistas, como narradores. De ese tenor, recomendaba, de Miguel Delibes hacia acá, las novelas no regionalistas del propio Delibes, los ensayos de Francisco Ayala –señoriales y rigurosos al mismo tiempo– o la exhibición de novelistas actuales como Luis Landero. Cuando me preguntaban sobre otro nombre, me daba cuenta de que el valor de los otros nombres no radicaba –o no radicaba solo y esencialmente– en la exhibición del estilo sino en otros aspectos: Rafel Chirbes en Crematorio (acaba de publicar En la orilla, con ella ando); los últimos cinco relatos de Luis Mateo Díez, Mendoza, etc. hasta llegar a otros novelistas en los que el estilo verbal –que no el novelesco– es meramente funcional, como en Belén Gopegui, totalmente volcada en lograr otras funciones de la novela, sin que eso signifique desdén hacia su estilo "verbal". El paso siguiente sería el de los novelistas que sobreponen los modos narrativos a la verbosidad del estilo, como es el caso extremo de Javier Marías, que acepta juicios para todos los gustos.
Hice referencia en ese manejo de nombres y consejos a otros muchos nombres, desde luego, entre ellos el de Millás, para señalar su capacidad para la ironía y el relato corto, pero me encontré con un alumno que me contradijo y alabó su última novela. La dispersión del juicio me sirvió para señalar que la dirección de la novela no va siempre de la obra al lector, sino que se produce muchas veces en sentido contrario: es el lector el que busca o rechaza determinadas maneras narrativas, cierto; yo suelo rechazar la novela fantástica, por ejemplo. No todo el mundo disfrutará con las dos últimas novelas de Vila-Matas, atractivas por dejar en libertad una inteligencia desatada que mueve el estilo con facilidad y riqueza; precisamente frente a Luis Landero –quizá el mejor ejemplo actual para enriquecer el estilo– que parece haberse enredado en esa construcción manierista en detrimento de otros elementos de la narración, que resultan excesivamente difuminados. Quizá nadie le ha señalado exactamente el excesivo juego de bimembraciones que a veces soportan sus páginas.
Por ahí se nos cuela otro elemento que mejor se aprecia desde la narratividad (tema, tiempo, espacio, personajes, motivos, perspectiva....) que desde el estilo. Vila-Matas juega en las fronteras de esa narratividad, Landero lo hace con el acendramiento del estilo.
Hice referencia en ese manejo de nombres y consejos a otros muchos nombres, desde luego, entre ellos el de Millás, para señalar su capacidad para la ironía y el relato corto, pero me encontré con un alumno que me contradijo y alabó su última novela. La dispersión del juicio me sirvió para señalar que la dirección de la novela no va siempre de la obra al lector, sino que se produce muchas veces en sentido contrario: es el lector el que busca o rechaza determinadas maneras narrativas, cierto; yo suelo rechazar la novela fantástica, por ejemplo. No todo el mundo disfrutará con las dos últimas novelas de Vila-Matas, atractivas por dejar en libertad una inteligencia desatada que mueve el estilo con facilidad y riqueza; precisamente frente a Luis Landero –quizá el mejor ejemplo actual para enriquecer el estilo– que parece haberse enredado en esa construcción manierista en detrimento de otros elementos de la narración, que resultan excesivamente difuminados. Quizá nadie le ha señalado exactamente el excesivo juego de bimembraciones que a veces soportan sus páginas.
Por ahí se nos cuela otro elemento que mejor se aprecia desde la narratividad (tema, tiempo, espacio, personajes, motivos, perspectiva....) que desde el estilo. Vila-Matas juega en las fronteras de esa narratividad, Landero lo hace con el acendramiento del estilo.
La aparición de Piglia y de Vargas Llosa nos advierte –desde luego– de la amplitud geográfica de la narración en lengua española, es decir, de los muchos y constantes modelos que provienen de lejos y nos hablan –con matices casi siempre salvables– en lengua común. La formidable extensión de ese campo es un motivo de gozo (¡lo que hay que leer!) que merecerá otros comentarios en otros territorios.
El actual era solamente para aconsejar lecturas a quien está preocupado por mejorar su modo de escribir. Seguiremos.
El actual era solamente para aconsejar lecturas a quien está preocupado por mejorar su modo de escribir. Seguiremos.
Interesantísima entrada, Pablo. No leo mucha novela en general, pero la que leo últimamente es casi siempre novela escrita en lengua española. El motivo no es aprender a escribir, pero siempre he sospechado que los escritores que más me gustan es porque en cierto modo envidio su forma de escribir (aparte lo que me cuenten). Estoy ahora con la última de Landero, y más que el estilo me asombra su capacidad para emplear las palabras, sin miedo, hoy día que el vocabulario está amenazado me parece fantástico. Mi debilidad es Javier Marías, su forma de construir los textos... en fin, alguno de los que nombras no los he leído. Lo haré, gracias por la lección.
ResponderEliminarMe suele resultar muy interesante el juicio positivo sobre Javier Marías, que se da también, de modo muy irregular, entre alumnos avezados, entre gente que ya ha leído.
EliminarGracias por el comentario, Mercedes.