Muy acertado hubo de ser que coincidieran las fiestas religiosas con los cambios naturales, que es lo que ocurre a lo largo de todo el año, de manera que el final de los fríos invernales y los primeros brotes de la primavera coinciden aproximadamente con la llamada Semana Santa, es decir, que la religión inscribe su marca en los cambios naturales, para que sean aceptados naturalmente también.
Espléndido de luz y color fue el domingo de Ramos, que esta vez viví en el Ferrol, que tiene una Semana Santa de prestigio. Sobre la que yo recordaba de otros lugares, fundamentalmente castellanos, he visto que tenía rasgos propios técnicos, por ejemplo el de los costaleros a la manera andaluza, llevan en andas los dos pasos que formaban la procesión, con media docena de cofradías, formadas –es otro rasgo– también por mujeres con cucurucho (las mujeres antes llevaban cubierta de tela sin cucurucho, como los costaleros). El paso lo marcaban dos bandas y tenía la particularidad, que he visto en otros lugares, de que en algún momento los costaleros (una cuadrilla de unos cuarenta) elevaban en brazos rígidos el paso durante unos segundos, y la gente aplaudía, lo mismo que aplaudía cuando ejecutaban en orden y compás la entrada en la calle Real desde la plaza del Amboage, en maniobra lenta, medida y probablemente difícil.

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