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heliotropos |
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Mombretia |
Los
ramos de flores van jalonando el verano –seco y caluroso también en el norte de
la Península a lo largo de la segunda quincena de julio, aunque sin llegar al
agobio de las temperaturas que oficialmente nos dicen del valle del
Guadalquivir, Castilla-La Mancha, etc. Han pasado de la flor a los primeros
botones nogales y avellanos; siguen dando cosecha de olor lavandas, espliegos,
salvias, mentas, margaritas y semejantes, hierbas luisas, y hay fresillas,
violetas, todo tipo de evónimos, enhebros, jazmín (huele poco aquí), piorno,
madreselva, montones de aspidiaceas (helechos), lino silvestre, campanillas
(“convolvulus lineatus”), etc. Hay que controlar a la parra virgen (en realidad
es la llamada “hiedra holandesa”), que ya ha trepado a las tejas, lo mismo que
a las restantes hiedras y zarzas silvestres, que terminarán por derribar los
numerosos guindos del cercado y que también se atreven con el hórreo, en lucha
perpetua con la glicinia. Han aparecido los primeros ramos de brezos en las
laderas más sombrías, junto con algunas argañas (“erica cinerea”), estrenan
flor los arrayanes, pero todavía no la tiene la buganvilla (algo le ha pasado),
ni las celidonias, ni siquiera las ortigas, etc. cuando ya las azaleas dejaron
de iluminar, las glicinias dejaron de perfumar –pero no de crecer–lo mismo que
las tempranísimas deutzias, los lilos, las celindas, y no digamos las rosas,
que en el norte son menos frecuentes: se ausencia se compensa con la abundante
y generosa floración de hortensias, que llevan su ritmo según se las haya
podado. Este año he conseguido que florecieran las de color entre naranja y
morado (con la foto de una de ellas adorné una reciente entrada de este blog);
siguen floreciendo las blancas –purísimas– azules de varios tonos y rosadas,
que son las más frecuentes.
En
el camino se han quedado un hermoso majuelo (es decir: el espino albar
–“crataegus”–), un membrillo, alguna forsitia, el acebo más viejo, un enorme
chamecípero, que se fue al suelo por el temporal, junto al nogal más viejo.
Intenté quitar la hierba de las pampas (“Cortaderia selloana”), que, sin
embargo, permanece bajo una hilera de laureles romanos y algún año rebrotará y
dará sus enormes plumeros (en realidad es una gramínea).

De
modo que Karine y Lía salen al campo con sus tijeras de podar y vuelven con
ramos de todo tipo, que van llenando rincones de la casa: encima de mi mesa hay
uno de olor (romero, abrótano hembra, hierba luisa, lavanda....) con una nota
de color naranja de la crocosmia o montbretia, que está asilvestrada –lirios
silvestres– y adorna setos y caminos. Sobre el piano, detrás, un viejo frasco
de colonia luce con flores silvestres (creo que son “raponchigos”, es decir
“campanulas rapunculus”) y koelerias
pardas; etc. Esas mismas koelerias (probablemente “crassipes”) ha hecho migas con el romero
para un hermoso lateral de un espejo. Hay ramos barrocos, otros sencillos,
algunos con mezclas imposibles que nunca nos hubiera ofrecido la naturaleza y
que Lía conjuga. Eso sí, la orden general, como es normal, ha sido en principio
la de no cortar las flores con promesa de fruto mejor: la ovalada flor del
limonero, que va abriendo sus cinco pétalos; los paracaídas de los avellanos; los
castaños (que ya han alfombrado con sus amentos el dormitorio del jabalí),
nogales, el gran acebo (que es hembra, tiene ya las bolitas verdes formadas), cedros,
el membrillo del japón, incluso los saúcos (los de flor blanca en este caso),
los abruños (ya cargados de fruto, aun sin madurar), respetar al alcornoque (se
le podría arrancar ahora parte de la corteza, pero esta caído por el temporal)....
Y ser prudentes con el tejo dorado, el brezo arbóreo, el olivo, las camelias
(sus hojas son muy hermosas para los ramos). El cornejo, que este año deslumbró
con sus flores estrelladas de tono ocre (es la variedad más elegante, la del
“cornus kousa”), está cargado de drupas; y en el árbol de Júpiter, junto al
arce dorado, las primeras puntas cobrizas son, arriba, diminutas todavía, las
más altas. En realidad, un pequeño rincón del jardín puede encerrar un
universo. En nuestro terreno filológico nos gusta hablar de “microcosmos”.
A las
dos higueras, sin embargo, les alcanzará el otoño sin que consigan madurar el
fruto. Vaya.
Como
todo este proceso va acompañado de la lectura de Montaigne, por ahora en
francés, hasta que aparezca la versión de Javier Yagüe, le doy vueltas –el
reciente libro de Pouilloux, cap. VI, dialogue
des arts, lo razona– a si nuestro
quehacer ha de ser solo el contemplativo, con intervención o no (los “bouquets)”,
llegando más allá, reflexión, incluso hasta la creación. Y cito y traduzco (de
Montaigne): “.... los atributos de la belleza no se nos ofrecen en un solo
objeto, sino que se encuentran dispersos y en extraña proporción: se necesita
por consiguiente detenerse a buscarlos y aprender a reconocerlos, a fondo. Pues
solo aquel que haya aprendido a captar y hacer suyas (”saisir”) las cosas más
difíciles y las haya tratado familiarmente podrá, por su parte, emprender
otras....” El texto sigue y se enreda deliciosamente, para el que guste de este
tipo de ensayos. Yo
lo dejo aquí, con una colección de ramos de L
Lía y Karine.
qué conjugación más exquisita la de la literatura con flores y plantas variopintas.
ResponderEliminarLa yapa del latín que nos ilustra en el conocimiento y origen de tantas variedades, ese talento especial para disponerlas en cada rincón hogareño y como broche abrirnos un poquito la puerta de su cálida casa. qué más se puede pedir ?
cómo administrás Pablo tu tiempo para abrir tantos frentes a la vez?
una fan
Recibo Correos cariñosos como el tuyo, eso me sirve, anonima
EliminarEs cierto, el vocabulario botánico que manejas es impresionante.
ResponderEliminarA mi me gusta mucho el olor de la lavanda y la hierba luisa también.
Hermosas composiciones de ramos, aunque yo no soy muy partidaria de las flores en los jarrones.
Besos, Pablo.