Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

domingo, 20 de febrero de 2011

Madrid Histórico: Monasterio y convento de la Encarnación


Para conocer los orígenes de La Encarnación hay que trasladarse a las crónicas y relatos sobre el cambio de capitalidad de Madrid (1600-1606) a Valladolid y a la vuelta de la emperatriz de Praga para refugiarse en Las Descalzas, en donde va a morir (1603). No podía la piadosa Margarita competir con aquel santuario de la nobleza europea que eran Las Descalzas, a donde además había ido a encerrarse también la infanta real. 
El caso es que en Valladolid la reina se había encontrado muy a gusto saliendo al convento de las agustinas recoletas, en donde se encontraba con la hermana del marqués de Poza, el círculo de Luisa de Carvajal y otras mujeres nobles, piadosas y emprendedoras al mismo tiempo. Así es que cuando la corte vuelve a Madrid, la reina Margarita anda queriendo traerse a su tertulia de damas devotas, a las que veía, de todos modos, en sus frecuentes y largas estancias en Lerma o sus alrededores; pero eso no es suficiente, de manera que piensa en abrir convento de agustinas recoletas en Madrid, para lo cual contaba con la pericia de la salmantina Mariana de San José, que había fundado ya los de Palencia y Valladolid, entre otros (existe una biografía suya, publicada en 1646). 

La ocasión o el pretexto va a ser otro hecho histórico: en 1609 se emprende la arriesgada expulsión de los moriscos, y Margarita ofrece fundar el convento si las cosas salen bien. En 1610 se trae a Madrid, a Santa Isabel, a las agustinas de Valladolid –que van a ir recibiendo adhesiones de novicias de la nobleza–; pero en 1611 la reina muere de sobreparto –las malas lenguas dicen que muere envenenada por Rodrigo Calderón; pero eso parece legendario– y Felipe III ordena que se acomoden sus monjitas en las llamadas casas del Tesoro (actual café de Oriente) donde van a residir algo más de cuatro años, hasta que en junio de 1616, recién aparecida la segunda parte de El Quijote, leyendo la gente los dos grandes poemas gongorinos y mientras Quevedo soborna a los funcionarios, se organiza el solemne espectáculo de la consagración del altar mayor y traslado de la nueva comunidad a su convento. Dicen las relaciones que aquello fue de un lujo y una solemnidad fuera de todo encarecimiento, con las calles alfombradas, adornadas con tapices reales (¿dónde estarán?), etc. 

No vamos a descubrir a estas alturas el significado histórico y el valor artístico de este pequeño conjunto de edificios que se comunicaban directamente con el Alcázar –por un pasadizo– y que acogieron  a un selecto grupo de agustinas recoletas, por iniciativa de la reina Margarita de Austria (+1611), que llevó allí a la madre Mariana de San José y a otras monjitas, formando una comunidad que todavía existe –creo que son quince las monjas en la clausura actual. En consecuencia, detrás de los dos tornos, al menos, que he visto, y probablemente disfrutando del claustro alto –que no se visita, tampoco he visto los tapices, que no sé si siguen existiendo– y otras estancias siguen viviendo y rezando las agustinas, lo que no se deja de observar en pequeños detalles decorativos –flores frescas, alfombrillas, pañitos limpios cubriendo las partes pudendas de algunas estatuas, limpieza....– 









Lo que mejor parece que se conserva parecen ser los modesto y bellos suelos –barro cocido y madera– así como los mosaicos (por ejemplo los que rodean el torno de la sacristía), y la impresionante galería de pinturas del claustro bajo (¿las habrá en el alto también?), casi todas de Carducho y Juan Vander Hamen, o las que se han colocado en la sala de los reyes, una colección de retratos de Bartolomé González, el pintor vallisoletano del III Duque de Osuna, del que volveré a hablar en este cuaderno. La colección artística va de lo religioso a lo palaciego: yo destacaría varias figuras de Gregorio Fernández, entre ellas la del Cristo Yacente, tenebroso, como todas las de este tipo, así como el San Agustín del coro; y la colección de cristos de marfil; y un San Juan de Ribera, iluminado. Gracia especial sigue teniendo el famoso cuadro de las entregas (hay tres copias, esta es una de ellas, no muy bien dilucidado el problema de las autorías), justo a la entrada, que fotografía el río Bidasoa y la entrega de Isabel de Borbón al príncipe Felipe (1615) en la Isla de los Faisanes.

Los turistas han de pasar por la cámara de torturas que es la sala de las reliquias, con la historia de la sangre de san Pantaleón y demás, quizá sin reparar en dos excelentes figuras de Salcillo y en otros detalles. Como signo de época, la sala es impresionante, como lo será la colección de El Escorial, que no recuerdo haber visto. La guía, ponderada y correcta, no explica que cada monjita tenía su cofrecillo con reliquias varias y que solían añadir una propia (un anillo, un mechón, un diente....) Eso sí, montada encima del cementerio conventual y con el nicho y monumento de las dos primeras abadesas, en la parte baja de un lateral, cofre forrado de terciopelo rojo, el cuerpo incorrupto de Luisa de Carvajal, amiga de las fundadoras, cuyo cuerpo se trajo de su aventura inglesa, que seguirán embalsamando las monjas año tras año.

La iglesia, aunque conserva parte del viejo trazado –se han suprimido las capillas y sufrió un gran incendio en el siglo XVIII– y algunos cuadros, entre ellos el de Carducho en el altar mayor, ha recibido la mano ordenada de Ventura Rodríguez y de una tropilla de artistas sensatos y aburridos del s. XVIII (Isidro Carnicero, Juan de Mena, Jose Castillo, Gregorio Ferro....) Su joya puede ser la del órgano, que aun admira al auditorio cuando, como hoy, domingo, se toca.
Fuera, un día de sol espléndido, con Lope de Vega dando la espalda al convento, mirando hacia Madrid: Gallardón acaba de poner una fuente de granito donde estaban los caños del Peral (¿y qué se hizo de los que aparecieron, incorruptos también, al ensanchar el metro de "Ópera"?). Tampoco he podido ver la biblioteca, que creo saber que es una de las mejores bibliotecas musicales e históricas de este país (¿se mando al monasterio de Ripoll?). Cualquiera lo intenta: todavía me acuerdo de que me echaron del colegio de Santa Isabel, también de patrimonio.
Hablaremos de Luisa de Carvajal.



sábado, 19 de febrero de 2011

Testamento del padre de Quevedo (1586)


Quevedo quedó huérfano de padre en 1586, cuando contaba seis años y era el segundo hijo; la madre, María de Santibáñez, aun alumbró a la última hija, María, meses después de la muerte de Pedro de Quevedo, cuyo testamento reproducimos aquí. Algunas dificultades de su lectura se pueden solucionar con mi viejo interlineado, de cuando leí el documento por primera vez, por lo que he preferido conservarlo, para el aficionado a leer estos viejos legajos. El testamento paterno es importante para conocer la trama familiar, las condiciones económicas de la familia, las actividades, sus conexiones en la corte, etc. Son nueve folios, que se amplían pinchando sobre ellos, para facilitar su lectura.






Dos excelentes bibliotecas más, en Madrid


Son muchas, como ya hemos empezado a señalar, las bibliotecas de Madrid, como lugares de trabajo  adecuados para la lectura, la investigación. Obviamente, las grandes bibliotecas –o las de las instituciones reconocidas– siguen ahí: la Biblioteca Nacional de España, la del Ateneo, la histórica de la Complutense (llamada de “Valdecillas”, popularmente), etc.  Sin embargo, son menos conocidas algunas otras bibliotecas específicas, de importancia para su campo. Me voy a referir a dos de ellas, la de la filmoteca nacional –que he visitado recientemente– y la de la Academia de Bellas Artes de San Fernando –que también he visitado ahora.


Palacio de Perales
La biblioteca de la Filmoteca, en Madrid, ocupa el Palacio de Perales (en la calle de la Magdalena) construido, a principios del siglo XVIII, por Pedro de Ribera, pasó a ser propiedad del estado a comienzos del siglo XX y, desde 1977, pasó a formar parte del Instituto de la Cinematografía y Artes Audiovisuales para albergar la nueva sede de la Filmoteca Española.
Por la amabilidad de algunas personas que allí trabajan he podido entrar, visitar el lugar, saber que tiene un precioso museo, todavía sin posibilidades de abrirse al público –falta personal– y entrar en su biblioteca.


No hace falta que exponga, sin embargo, lo que es arquitectónica y artísticamente la Academia de Bellas Artes de San Fernando, del que se puede empezar a admirar la entrada, las escaleras, los patios, los hermosos ventanales... y cuya colección y museo es deslumbrante, pero sí que conviene que señalemos la riqueza de su archivo y la coquetería de su biblioteca, en pleno centro de Madrid, con una organización excelente, ya que se puede consultar su fondo vía internet, en www   archivobiblioteca-rabasf.com.


Filosofía barata: "Maduró el animal cuando pensó...."

Maduró el animal cuando pensó
el sexo, cuando pudo imaginar,
y recobró su cuerpo en la memoria
y al placer refirió su inteligencia;

así logró su ser y desde entonces
peregrinó y no sabe nada cierto,
si el corazón las manos son que lleva,
si empieza arriba todo en el cerebro.

Quebrada la existencia y repartida,
la mitad de lo que hace es sin saberlo;
y a veces piensa solo con las manos
y a veces quiere con el pensamiento.

Cada día cuando ama y reflexiona
le confunden el miedo y el deseo.

viernes, 18 de febrero de 2011

Los autógrafos de Diana


Diana Eguía, colaboradora, amiga, ahora ida a lejas tierras, para experimentar, profundizar, aprender y jugar al ajedrez, viene trabajando sobre los autógrafos, en principio de Quevedo –tema sin tratar debidamente, de suma importancia en sus adherencias textual, autorial, histórica....–; pero, como es lógico y por su capacidad intelectual, con ramificaciones complejas que alcanzan tanto a lo que los franceses llamaban la sociología de la literatura, como a lo que los germánicos llamaron sociología de la literatura, como a lo que los norteamericanos casi casi llaman sociología de la literatura, que son tres derivaciones distintas, a la vez muy distintas de lo que a mí me gustaría que se llamara sociología de la literatura, es decir, del proceso mental que se produce cuando, pluma en ristre, se ejerce el difícil arte de convertir en garabatos codificados el batiburrillo mental y todo lo que semejante gimnasia provoca, esto es, el paso de lo que en el nido mental e ideológico se lleva a su forma dibujada para que llegue –lo que llegue– a los que conviven lingüísticamente.
A veces se ha utilizado la figuración histórica (iluminaciones medievales, cuadros, grabados, etc.) para llegar a este proceso desde otras perspectivas históricas: cuando el ángel anuncia a María a voces, cuando lo hace leyendo; cuando San Ambrosio –o San Agustín, o San Jerónimo....– reciben voces de inspiración directamente en su oído, cuando es un dictado que escriben, cuando se da la confluencia, etc. E incluso yendo a detalles, que si papiros, cilindros, hojas, el propio cuerpo.... Sobre su propio cuerpo las escribía Teresa de Cepeda y prácticamente todos los místicos.
He recogido para Diana cuatro preciosas muestras, las tres de detalle de Zurbarán (fray Pedro Machado y otros frailes), coetáneo de Quevedo, para que sobre ellas reinscriba ese tipo de reflexión y lo integre en su trabajo, allí, en lejas tierras norteamericanas, escuchando a Chartier y a otros maestros.





Hablar a las farolas y la destrucción del patrimonio

Plaza de San Ildefonso
Calle Hortaleza
Calle Hortaleza
Mi oculista –excelente, amable, eficaz– me ha dicho que he ganado vista y que tengo que hacerme gafas nuevas con otros cristales; lo malo es que para llegar a esa conclusión hubo de dilatarme las pupilas. Yo no sabía que la dilatación podía durar cuarenta y ocho horas, de manera que mi trabajo de campo de los viernes ha sido un recorrido lleno de aventuras y peligros, tomando autobuses indebidos, sentándome encima de un señor respetable que leía el ABC, hablando encarecidamente a las farolas, preguntando que cuándo abrían las Descalzas a un poste de anuncios o comiéndome una servilleta como si fuera lechuga.... y eso que de cerca veía mejor. Para saber si una dama era hermosa tenía que acercarme a medio metro y, prácticamente, preguntárselo; creo que he ligado con el conserje de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; desde luego lo he hecho con una pareja de  hombres muy amables a la altura de la calle Infantas –porque me han hecho propuestas curiosas–; he entrado en una peluquería china de la calle Leganitos para saber si tenían la monografía de Kusche (sobre Pantoja y Bartolomé González); y he estado hablando un buen rato con una estatua de la planta tercera del Museo que he visitado, atenta ella, la estatua, escuchando sin decirme nada.... Eso sí, he comido el excelente menú (9,50 euros) en uno de los mejores restaurantes de Madrid –Hileras, la verdad es que hay muchos– de la zona centro, lo que compensaré con su foto publicitaria.
La jornada había de rematarse en el Doré, en la filmoteca; cambié a media tarde por los Goldem de Plaza de España y en el último momento tomé la sabia decisión de no entrar, para no pedir a mi compañero de butaca –yo iba solo– que me leyera los subtítulos.

Calle Hortaleza
Algo frustrado he vuelto callejeando y me he regalado la hermosura de la calle de Hortaleza, una de la que pasea los edificios más hermosos de Madrid, para recalar en las dos o tres plazoletas más encantadoras de Malasaña, particularmente en la de San Ildefonso, al ladito de una de mis raíces familiares –la materna, en la Calle del Escorial. De todo ello he obtenido las debidas ilustraciones. 
Calle Hortaleza
Eso sí, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, por la mañana,  he recorrido sus tres pisos y he terminado en su archivo-biblioteca, uno de los lugares en donde me documento para mis viñetas sobre el Madrid histórico. Los legajos que he leído me han ilustrado sobremanera sobre el triste destino de buena parte de nuestro patrimonio –particularmente lo que era y habia en San Felipe el Real, el convento de La Victoria, de mínimos; San Felipe Neri.... 
Me he detenido particularmente en los escritos, lamentos y esfuerzos de esa admirable corporación para que –en 1836, con motivo de la desamortización– no se siguiera destruyendo nuestro patrimonio. Querían salvar San Felipe el Real, San Felipe Neri, la cúpula de los Basilios, las Calatravas.... todo estaba amenazado de demolición. Y todo pereció. No sé si tendré ánimo para contarles –con la documentación histórica en la mano– episodios de esa naturaleza, que sistemáticamente han ido deshaciendo lo que hacíamos. Ya veremos. Quizá en pequeñas dosis.
Ah, y no hay que preocuparse demasiado por lo de las gafas: las quiero raras –ya está bien– y María a lo mejor me acompaña para verme los perfiles, y yo le miro los suyos, que también a lo mejor. 


jueves, 17 de febrero de 2011

Índices del Diccionario Filológico (siglos xvi-XVII). Índice de los dos volúmenes finales

Ofrecemos el índice de los dos volúmenes, y el anuncio de que serán entradas nuevas o remozadas, para empezar, las siguientes:

Diego Hurtado de Mendoza  (Juan Varo)
Lazarillo de Tormes
Pedro Mejía  (Antonio Castro)
Pedro Ribadeneyra (Tibisay López)
Tomás Tamayo de Vargas (Víctor Sierra)....