Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 18 de diciembre de 2014

retratos

¿Rafael? (c. 1520, Tyssen)


Está siendo una temporada de retratos, acrecentados por la exposición del Palacio Real de Madrid, que rodea al retrato real de Antonio López de una excelsa exposición de otros, al parecer todos procedentes del Patrimonio. He ido a visitarla por segunda vez y no he podido entrar, porque el Palacio cerraba hoy por actos oficiales; he entrado en la biblioteca en donde he podido ver unos cuantas publicaciones antiguas sobre China, para mi Catálogo de textos sobre China de los siglos XVI-XVII, que no pienso publicar, por cierto, porque tengo un ramalazo consentido de "no me da la gana".
Así de soleado y hermoso estaba el patio de armas del Palacio, sin turistas ni paseantes.


También se me enredó la visita a la exposición con otra visita que había hecho a la sala 5 del Tyssen, que mantiene varias galerías de retratos suficientes para no salir del museo nunca (doy el ejemplo de ¿Rafael?, quizá de un Médicis adolescente, como dice la cartela); e incluso con algunos retratos más de la exposición de la fundación Abelló (en el Palacio de Comunicaciones, ahora Ayuntamiento de Madrid, retratos de Goya, el Greco, Zurbarán...); por no hacer referencia a otras novedades (entre ellas la exposición de la fundación Carlos de Amberes), todo en Madrid, y no he querido señalar más que algunas cosas. Hay veces en las que pienso que no nos merecemos lo que atesora esta ciudad.

En realidad venía de otra exposición, la del Rostro de las Letras, de la que he dado noticia hace unos días, que eran, en definitiva, fotografías, también retratos pero fotográficos, desde Larra a mediados del siglo XX, no en valde coincide con lo más logrado del retratismo en España. 

Mucho se ha meditado sobre la interferencia de la fotografía en el campo de la pintura cuando esta adopta la pose realista, y no será aquí cuestión más que de comprobar su pertinencia en ambos casos. La foto puede irse tranquilamente a jugar con sus elementos (luz, perspectiva, momento en que se toma, tamaño, etc.) hasta incluso jugar con el movimiento y deshacerse a modo de pintura: y van los ejemplos de la reciente exposición sobre el tango en Casa de América (de Cortázar y Carlos Gardel). 

F. Bacon, detalle de Tres estudios para un retrato de Peter Beard, 1975
(Colección Abelló)
El Greco,  La estigmatización de san Francisco, c. 1580
(fundación Abelló)
En ese lugar probablemente se encuentra con los retratos de Bacon (en la colección Abelló), aunque para la pintura es campo de experimentación infinitamente más amplio, porque todo es invento, cabeza y mano, no hay máquina, de modo que se puede empezar a observar ese desvío, incluso objetiva e históricamente –pongo el caso de El Greco– hasta llegar a ese brochazo del último Picasso (1971); en ambos casos, imposibles me parecen para la máquina del fotógrafo. Aunque por supuesto existen las mezclas, collages y demás.

Picasso, Busto (fundación Abellán)
En realidad la línea divisoria entre lo uno y lo otro estriba en algo más sutil: el pintor interpreta con casi total libertad (la del pincel, dibujo, color, etc.); el fotógrafo se mueve en un campo más estrecho. De manera que el pintor puede optar por ser realista, naturalista, impresionista, etc. al retratar, pero también puede interpretar el rostro y figura de manera harto alejada del efecto óptico inmediato. De resultas de lo cual es más interesante la pintura, cuando es buena, e infinitamente más detestable cuando es mala. 
Recorro uno de mis libros de autorretratos –una variante del retrato, claro– y me encuentro con los ejemplos finales (Jasper Jons, Lee Friedlander, Lucien Freud, Jean Dubuffet, Claes Oldenburg...), en donde el realismo de Antonio López se ha ido, porque  al pintor esta vez no le interesaba lo que se ve (y sus razones: luz, dibujo, perspectiva, color, etc.) sino lo que contempla –elijo a propósito del verbo, tan denostado– de manera más compleja, más humana.


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