Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 25 de septiembre de 2014

Tres playas, tres modelos y un bañador

Playa número 1, con una torre insultante al fondo
La misma playa número 1, vista hacia el sur 
Un extenso y muy cuidado paseo formado por tarimas de madera va recorriendo toda la línea de la costa, con jardines –pinos, secuoyas, arbustos, algún laurel.... y árboles que no conozco– hacia el interior; y rocas arcillosas y arena hacia el mar. De vez en cuando un cartel explica cómo disfrutar de ese paseo, que debe tener entre tres y cuatro kilómetros, jalonado de bancos que miran al mar, al este, el paseante puede mirar al mar –lo que suele ser la opción más sencilla y hermosa, al tiempo– o mirar el discreto movimiento de la gente, en donde predominan, como explicaré, las parejas de novios (¿ya se han casado o se van a casar?) que vienen con un equipo de fotógrafos y ayudantes para hacerse un álbum memorable en el que se conjuga la belleza del lugar y su tránsito por el amor. Los fotógrafos les obligan a poses imposibles, ridículas, afectadas, que no todos soportan, como el "torerillo" de rojo que en la foto ensaya actitudes, o como la novia que despliega su atuendo blando por las rocas. 
Detalle de la misma playa número 1, con los patines de agua, obra artesanal, como muchas
Algo más lejos, una tropa de taxistas, probablemente quienes los han traído, se entretiene esperando que pase la sesión: forman garito con naipes y fuman incansablemente.

camino de la playa número 2
Para llegar a este paseo marítimo he atravesado un extenso parque, del que hablaré en otro momento. El paseo recorre las tres playas de Qingdao. A pesar del calor –casi bochorno– las playas están semivacías, se deja ver particularmente en las fotos. Quizá el celo laborioso de los chinos no les permite dejar que el tiempo pase sin hacer nada; de hecho los pocos grupitos que he visto –por ejemplo de varones adultos– se concentran en algunos lugares en donde hacen gimnasia con pesas y otros aparatos.



Cuando por fin he llegado a la playa número 1 (se llaman así, creo que esta es la más grande) me he dado cuenta de que no llevaba bañador, de hecho no vino en la mochila, de manera que, para empezar he buscado en puestos y tiendas si los había y pudiera comprarme uno. Los había. Los masculinos eran todos de inevitable y rotunda presencia de paquete –vamos a decirlo así–, es decir de una tela de nylon sin nada más debajo. Primero he buscado bien por si hubiera algo más variado, luego he repasado los que la gente vestía. No he visto ni un solo bikini y los bañadores de las chicas –al menos los de los chiringuitos de la playa– son de no te menees, y todos con faldita sobreañadida. ¿Será la de la playa una sociedad machista?

En la playa había pocas mujeres; lo normal son los hombres –grupos de adultos y grupos de jóvenes–, alguna pareja con niño y poca cosa más. Discretamente he observado los perfiles de los cuerpos en los bañadores: desde el comienzo tuve claro que una xxl al menos, no por poderío, sino para que, como en los grupos de varones adultos, no se fuera de margen la barriga; también parece que va a haber problema con otros perfiles. Más discretamente observé las posaderas de los jóvenes, y si cupiera aun más discreción, su perfil delantero. Creo que hay poco que hacer si realmente me quiero bañar. Me quiero bañar.
La acogedora playa número 2

Volví al tenderete de los bañadores –los modelos eran los mismos en todos los sitios– y abrí la boca del bañador, por arriba: lo que me temía, por detrás, nada, la naturaleza en su nylon; y por delante una redecilla tan sutil en forma de triángulo que, al mojarse, opinaba sobre lo que guardaba. Volví a mirar de reojo al grupo de jóvenes chinos que acababan de bañarse. Yo creo que debería censurar lo de que envidié la tersa redondez de sus posaderas enjutas; pero el caso es que las envidié.
Un novio ensaya poses. Nótense las bañistas protegiéndose del sol.
Para entonces ya el calor había hecho mella en mí –la caminata había sido larga– y  el mar me llamaba. Determiné comprar el más oscuro, el negro, por parecerme que disimularía algo más; eso sí, todos tenían una rayita de color reluctante en los lados: el que yo elegí la tenía azul. Anduve aclarando con el vendedor –la chica dejó paso, por decoro, al marido o compañero– el precio, que, como en inglés, no era de 14 sino de 41 yuanes, es decir, de unos seis euros. Y luego todo fue muy rápido: me cambié a escondidas, me fui al Pacífico y me di un buen baño. El agua era densa, quizá no muy limpia, pero estaba tibia y tranquila. Cerca, se bañaba una dama con escafandra –así van–, y en la orilla posaban varios novios, costumbre curiosa que ya he comentado. 

Me bañé y me bañé. Con un pudor que realmente no me conocía elegí para salir un lugar casi sin gente. En cuanto pisé arena seca, me senté rápidamente. Y luego, más tranquilo, de reojo, iba mirando el culillo de los bañistas más jóvenes, entre malicioso y divertido (“no llevan nada y con el agua....”) Noté que ellos también miraban y me dio otro ataque de pudor. Sus risas venían, sin embargo, de otra cosa: el pelo del occidental.

Descansado y feliz empecé el recorrido de las playas de Qingdao. Me bañé en la primera y descanse en la segunda, la más coqueta, con una curva acogedora y alineada con edificios bajos a su largo, en la que se paga una modestísima entrada (2 yuanes, 30 céntimos). Las playas son de arena dorada, con zonas pedregosas y agua muy densa, de poco oleaje al menos estas. 
Novios y novias a la deriva en busca de paisaje
Ya se habrá notado que es tierra de contrastes, constrastes en casi todo. No tengo mejor manera de explicarlo que presentando los tres modelos que encontré en ese lugar: van de más tradicional a más sabe dios qué. En el segundo, sépase que la chica de paraguas y vestimenta exquisita que accede a la playa, además lleva tacones altos de aguja. 







4 comentarios:

  1. Pues con la gente un poco más vestida se hace más elegante la playa, no con las pintas horrendas que se ven por aquí. Comprendí perfectamente a Vicente Verdú (creo que era él) añorando que no se enseñara la estética de la indumentaria en los institutos y escuelas porque desde hace un par de décadas, sobre todo en verano, los espantos son tremendos. En fin, con tal de que no se encuentre con Rajoy en bañador de competición (de paquete, dice usted...), porque ¿no se habrá ido de asesor suyo?

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    1. Creo que más que un problema de estética es de subsistencia; es decir, la estética se relega hasta que se consiga el mínimo para sobrevivir.

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  2. No lo creo, España era mucho más pobre hace años y, con un par de pantalones largos y un vestido para todo el año, alpargatas y boina, era más elegante que con la licra pegada de ahora marcando lorzas, las tetas en bandeja y los hombres en pantalones cortos enseñando las rodillas. Se iba ajustado pero no apretado. Por ahora en China van mejor según sus fotos de playa. La elegancia no va con el dinero, va con la educación estética y la última televisión no ha sido un buen modelo.

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  3. Los parasoles, las telas para la cabeza y los brazos... todo sirve para proteger la blancura de la piel. La piel blanca es uno de los pilares esenciales en el canon de belleza de muchos países asiáticos (para las mujeres, claro; los hombres se pueden tostar a gusto).

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