Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 24 de junio de 2010

Dos nuevas piezas del concierto de "China destruida"

I
LA PAVANA DE FAURÉ


Octubre. Te dedico la pavana

de Fauré, irresistible cuando llega
removiendo silencios elegantes
quebrada por un fondo en pizzicato.

Discurre el vïolín por los otoños.
Delicadeza suntüosa cuando
inventa la armonía y la despliega
en guirnaldas de firme lentitud.

Arte de no acabar lo que no tiene
otro fin que trenzar su melodía
en la ciega espiral de los ensueños;

sereno labrador de los recuerdos
que viene y dice y dura unos instantes
de hoy no más mientras dulcemente escapa.

(MADRID, 9 de octubre del 2009)

Schoenberg, Noche transfigurada, op. 4

Así querría titular tu piel,
noche transfigurada, y así nombrar
que arde la oscuridad intensamente
cuando te asomas a mis noches, cuando

trasformas la rutina de ese tiempo
en remolino de sensaciones, cuando
eres capaz de renovar el pozo
diario de ceremonias y remueves

el mundo imaginario, cuando
ocupas poco a poco los lugares
donde el temor vivía agazapado

y tus ojos desnudos se abren, cuando
nos unimos por fin en nuestra oscura
transfigurada noche y la iluminas.



miércoles, 23 de junio de 2010

Noche de San Juan

Tendría que decir algo de esta noche, saturada de recuerdos -literarios, históricos...–; pero la verdad es que yo nací precisamente una noche de san Juan, en Palencia. Según me contaba mi madre, se oían los ruidos de la verbena mezclados con mi primer llanto. De manera que me voy a contentar con recoger esta fotografía que me ha venido con la primera felicitación: viene del mediterráneo, la luna y el espliego.


martes, 22 de junio de 2010

De los diez modos de "China destruida"

"Diez modos de" constituyen una sección de "China destruida":  Modos de mentir a Heidegger, modos de subir el ascensor con un señor, modos de hacerse una paja, modos de hacer empanadillas, modos de cuidar violetas compungidas, modos de volar por encima del mar, modos de hablar con san juan de la cruz, modos de distinguir opacos, modos de llegar a ser ministro, y modos infinitos y sublimes. Quintetos blancos son.
No todos podrán ser voceados públicamente; pero a lo mejor el modo de hacer empanadillas puede servir a alguien, por eso lo incluyo.

MODOS DE HACER EMPANADILLAS

Receta para hacer empanadillas:
Se reserva una tarde de domingo,
se ponen los cuarenta principales,
se sacan los hojaldres y el relleno,
se arrinconan las cosas del amor.

Se pone el vino blanco en la nevera,
se preparan los platos y el mantel;
mientras doblas la pasta con cuidado
y el tenedor te sirve de moldura,
rechaza la invasión de los recuerdos.

Coloca con cuidado cada pieza
bien rellena con pisto y aceitunas
en el horno caliente, a noventa;
unta la superficie con aceite
de oliva y sé paciente mientras doran.

No te desvíes con pensamientos raros
que no son más que empanadillas, modos
de hacer empanadillas los domingos
por la tarde, que no te pasará
nada, ya lo verás. Mañana lunes.
 
Ten cuidado que nada se descubra
de lo que dentro va tan bien guardado
mientras se forma costra por defuera.
Cuando ya nada puede deshacerse
y todo cobre una apariencia hermosa,

se sacan con cuidado por si queman
y se dejan enfriar ligeramente;
se llevan a la mesa, aderezada,
para que todo el mundo las admire.
Y se invita a cenar a la vecina.



[CHOPIN, OTRA VEZ MÁS SUS NOCTURNOS]

Arrastrando los pies por el pasillo

de la casa, cegato, sordo, inútil,
uno más de esos viejos achacosos
que viven solitarios en su piso

con la radio constantemente puesta
esperando su viaje sin retorno
o la llamada familiar de alguien
que le confiesa cuánto le recuerda

y le encarece que tenga cuidado
con el gas, con salir desabrigado
y con abrir a los desconocidos.

Un hilillo de vida cada tarde
desaparece por el horizonte
mientras suenan nocturnos de chopin

todavía…

Helados, terrazas, Justina... Verano.

Viene el verano; esta vez parece que va de veras. Las terrazas del bulevar que veo desde mi ventana se han desplegado totalmente y, al atardecer, se llenan de gente. La heladería Siena –no es propaganda, pero hacen helados de los más exquisitos que se pueden probar en Madrid– no da a basto. Tengo que hacer un inventario de heladerías maravillosas de este país, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo. No apetece demasiado irse a dormir pronto. La noche castellana, aunque sin alcanzar esa saturación de intensidades de las noches del sur, sabe lograr y mantener un grado de vitalidad muy peculiar; frente a las frescas y húmedas noches del norte; y frente al húmedo bochorno de Levante, exagerado de aromas. El día se alarga y el amanecer nos pilla cansados. A veces da pereza el trabajo que se venía amontonando, ya significativamente, desde días atrás. La calle llama, como en aquel hermosos pasaje –que yo suelo citar para indicar algo de nuestro modo de vida– en el que se pregunta a la Pícara Justina, que ha cogido el manto, que adónde va, responde que a la calle, y cuando se le vuelve a preguntar que para qué, casi se enfada, "pues a la calle", y esa es la única razón, ir a la calle, como si para tal acción hiciera falta justificación de otro tipo. Las conversaciones del ascensor con los vecinos, con los amigos, ocasionales en las tiendas... y ahora ya en estos cuadernos que la ciencia y el progreso nos han dado, son las del verano: me  voy al pueblo, al pueblo de la sierra, a la playa, este año no salimos, nos vamos a Gandía, nos vamos a mover por el interior, hemos alquilado el mismo apartamento que el año pasado... Hay que ir preparando las plantas de la casa para que sufran la travesía del desierto, cambiando la ropa de los armarios, preparándose para volver un poquito al estado natural del hombre, que digan lo que digan no es de la esclavitud del trabajo sino la holganza en medio de una naturaleza razonablemente controlada. ¿Han leído ustedes "Esas Indias equivocadas y malditas", el lúcido alegato de Sánchez Ferlosio? Se lo recomiendo como lectura del verano cuando desciendan plácidamente al ocio, los que puedan. Aunque puede producir malestar histórico.
Ahí van unas cuantas ilustraciones de mi lugar de ocio, muy al norte y siempre echando de menos el sur; pero estudié Filología y me arruinaron las mujeres, dos accidentes que ya no me permiten más que elegir y, al elegir, renunciar a.




Revista, portal y programa antes de las playas

Al final de esta semana nos reuniremos en Madrid la mayoría de los componentes de eEdoBne, es decir, quienes componemos el grupo que trabaja fundamentalmente en la Biblioteca Nacional de España, en donde realizamos una serie de actividades, de las que será cuestión enseguida. La reunión tendrá por objetivo, fundamentalmente, "colgar" o lanzar o publicar –que todo vale– el número cero de la nueva época de nuestra revista Manuscrtcao, cuya imagen va como ilustración y cuyo enlace actual es este:
http://www.edobne.com/manuscrtcao/category/informacion/
La revista será una parte del nuevo portal Edobne, que en este momento se configura así
http://www.edobne.com/
y que lo va a a hacer según el mapa siguiente:

La reunión será larga, porque en ella esperamos cerrar multitud de aspectos que, como se ve por el cuadro, necesitan perfilarse definitivamente, ya que sobre ellos hemos venido trabajando intensamente durante el último curso.
En algún momento de la reunión contaremos con la asistencia de Emilio Torné (editorial Calambur) que va a publicar la revista en papel. Los conocedores de cómo se procede en estos casos ya habrán adivinado que, en tanto la versión "on line" suministrará multitud de posibilidades al lector (copiar artículos, ilustraciones, bibliografía...; comentar y sugerir; moverse por la historia de la revista...; etc.), la versión en papel conservará el valor de la revista tradicional, diseñada y asentada para su lectura unitaria.
Finalmente, con mis colaboradores en tareas más específicas, o con los colegas  con los  que comparto actividades académicas en la UAM, concluiremos los programas "oficiales" para el año académico 2010-2011; me refiero esencialmente a:

La LITERATURA ESPAÑOLA de primer curso, cuyo programa hemos organizado Diana Eguía (clases prácticas), María Salgado (poesía actual) y yo mismo, que se desarrollará a partir de tres temas –y lecturas–: El Quijote; Martes de Carnaval, de Valle Inclán; poesía actual.
El CURSO DE POSTGRADO SOBRE INVESTIGACIÓN (tiene un nombre aburrido, del que no me acuerdo), que compartiremos Dolores Noguera (investigación sobre el teatro, especialmente el clásico); y yo mismo (La investigación filológica).
El CURSO DE POSGRADO SOBRE POESÍA BARROCA, que compartiré con el profesor Christoper Maurer.
POESÍA ESPAÑOLA ACTUAL, que desarrollaremos fundamentalmente María Salgado y yo. Se trata de una asignatura a la que, tradicionalmente, acuden alumnos de otras especialidades y licenciaturas.

De todos ellos daremos, antes del verano, clase, programa, horarios y contenido.
Haremos un repaso, asimismo de otras publicaciones en marcha, particularmente de los dos volúmenes de la Biblioteca de Autógrafos Españoles, de la catalogación de los manuscritos doce miles de la BNE (que ya hemos terminado), de la puesta a punto de nuestro Manual de investigadores, etc.
No hay que preocuparse, sobre una mesa larga y bien dispuesta, iremos todos alimentando el espíritu con empanadillas, berenjenas, ensaladas diversas y otros manjares. Y sí, sí, habrá algo de vino, claro.

El Lazarillo (12): La crítica textual. "Ella me preguntaba de cosas ignoradas / y yo le respondía de cosas imposibles".

PARECE cuando menos extraño que con una obrita de condiciones bibliográficas casi paradigmáticas para poner en juego teorías textuales no se haya alcanzado un sencillo acuerdo sobre la relación que guardan los diversos testimonios y, de ahí, el establecimiento cabal de un texto que, por otro lado, es bastante sencillo. 
Más extraño resulta todavía que haya terminado por enfrentar a filólogos de reconocido prestigio, algunos de los cuales, como Alberto Blecua, han acercado la Crítica Textual a nuestra academia; y otros, como Aldo Ruffinatto, se han formado en la prestigiosa práctica italiana de la ecdótica. Si oteamos los alrededores, nombres como los de Caso, López Vázquez, R. Navarro, Carrasco, F. Rico… y una larga estela de críticos franceses han ensayado la reconstrucción textual del Lazarillo sin convenir unos y otros.
¿Será que la ecdótica no es tan segura como continuamente señala Alberto Blecua? ¿Será que las escuelas han diversificado los métodos y de distintos métodos suceden diferentes resultados? No tengo ninguna duda sobre el conocimiento y competencia de Alberto Blecua y de Aldo Ruffinatto, por ejemplo y ya que de ellos comencé hablando. Tampoco lo tengo de que la aplicación del método neolachmaniano, cuando se hace rigurosamente, es decir, como un procedimiento matemático, un cálculo de predicados, produce un resultado también exacto, equivalente a un dos + dos = cuatro. De manera que he buscado los motivos de esa divergencia, que podemos llamar amistosamente “falta de acuerdo”, no en el método y su aplicación, sino en toda la fase preliminar que adecua los materiales para su tratamiento ecdótico.


Una vez hecho este distingo, he podido discernir con meridiana claridad las razones de la divergencia. Unos y otros, sencillamente, no se han puesto de acuerdo sobre lo que es un “error” en el texto –en cualquier texto que se considere– y han intentado utilizar como elementos fijos para su teoría un material textual, lingüístico, sumamente viscoso, para cuya fijación han puesto en juego criterios que no convenían a la inestabilidad, movilidad, apertura, etc. de la lengua española de hacia 1550. Es como si hubieran intentado definir cuantitativamente lo que se nos da gradual o continuamente. Los resultados han sido catastróficos, hasta tal punto que, cada nuevo editor de la obrita que ponía en juego criterios ecdóticos, se fijaba en lugares distintos de la obra, que juzgaba o no como errores; y era a partir de esos señalamientos como se levantaba el edificio, sobre pilares poco firmes.
En mi trabajo extenso desciendo de la teoría a los textos para ver lo que en ese sentido se ha hecho. En ese descenso nos encontramos con un lugar común, casi un clamor, que es el que, en estos momentos, confiere rango de importancia fundamental a la vieja atribución del Lazarillo a Diego Hurtado de Mendoza y al hallazgo documental de Mercedes Agulló.
Pero antes de seguir, vaya una salvedad de rango mayor: los datos y los hechos son objetivables, pero asequibles solo en una proporción menor: la documentación que se necesita consultar y ordenar, todavía, alcanza el millar de documentos. 

Mi exposición no va a ser una declaración de autoría ni una desautorización de nada ni de nadie. Me parece de perlas que una obra como el Lazarillo suscite un interés tan grande y haya generado una melodía crítica riquísima, de la que, por cierto, yo me valgo constantemente, no solo respetándola, también agradeciéndola. Leo con deleite las reconstrucciones históricas de Rosa Navarro, admiro la pedantería insufrible y atinada de Francisco Rico, acompaño a Ruffinatto en sus arduos caminos por los textos, me maravilla la fe ciega que Alberto Blecua mantiene todavía sobre la exactitud de los textos que maneja, sopeso las teorías que de lejas tierras –admirable hispanismo– se apoyan en perspectivas críticas de viejo o de nuevo cuño… Yo no digo que todo sea cierto, desde luego. Se trata de los reflejos del arte clásico. Los reflejos no son, sin embargo, los datos.
Con razón dice su último editor, Carrasco,  que se trata de demasiadas conjeturas “ope ingenii” como para no sospechar que algunas de sus (de las variantes de la edición de 1573, la de Velasco = VE) intuiciones provengan de su acceso a una fuente desconocida por nosotros”. Y con razón Ruffinatto se aplicó a un análisis exhaustivo de las variantes significativas, que le llevan a concluir que “tras filtrar todas sus escorias (que abarcan desde las pequeñas intervenciones del compilador… hasta los cortes mas o menos relevantes que hizo el censor para castigar al pobre Lazarillo) aparece una imagen realmente sensacional” (p. 135).

Lo que realmente descubre el dato aireado por Mercedes Agulló es que faltaba esa pieza para el argumento que organizara la historia del Lazarillo y sobre todo para que se determinara la razón del texto. Faltaba asumir ese dato con cierta decisión, la que nos suministra un documento que no tiene, como la mayoría de los de este tipo, la contundencia de una declaración notarial: por eso precisamente necesita apoyarse en el mapa de la historia, en otros datos. El texto VE (de la edición expurgada de 1573) con sus maravillosas y acertadas enmiendas no es obra del ingenio de Juan López de Velasco ni supone un testimonio –códice o edición perdidos– desconocido: las enmiendas provienen directamente del autor, Diego Hurtado de Mendoza, probablemente dictadas, sugeridas o realmente efectuadas para que Juan López de Velasco sacara el libro en 1573, siempre como anónimo, desde luego. No hay milagro, no hay misterio, no hay testimonio desconocido: son las sensatas correcciones de un autor a su obra impresa como anónima, eso sí dilucidando los pasajes oscuros como solo el autor podría hacerlo. No hay más.
Nótese que la cuestión textual es el verdadero argumento que atrae a todos los restantes a su lógica, que lo armoniza, relaciona y corrobora, el que ayuda a trazar una historia relativamente sencilla de los aspectos históricos de la primera novela moderna, cuya realidad histórica emerge, me temo, a pesar de los esfuerzos que la crítica ha hecho por complicarla inútilmente .