Está bien que tanta historia se haya entregado, con armas y bagajes, a la sensación de plenitud de quien mira mares y costas rodeado de jardines.
El descenso, tan fatigoso como el ascenso, con el miedo constante a que se haga de noche –hacia las 17, 30– y pueda uno despeñarse o perderse en medio de tantos quiebros del terreno, del lugar, al que se paga una modesta cantidad para entrar.
Y no me perdí, fui siguiendo los pasos de un grupo de turistas chinos, con un guía abanderado, y aun tuve tiempo, al bajar, de regatear el precio de una pulsera de perlas a una vendedora callejera, que alumbraba con una linterna las perlillas, para que admirara su calidad. Le pregunté que para qué servían los polvos que se hacían de las perlas –ella los vendía en saquitos– y me dijo que eran excelentes para, mezclados con agua, el cutis de la cara. No sé. Creo que blanquean la cara. A mí me gusta más, mucho más, la tez tostada.
El descenso, tan fatigoso como el ascenso, con el miedo constante a que se haga de noche –hacia las 17, 30– y pueda uno despeñarse o perderse en medio de tantos quiebros del terreno, del lugar, al que se paga una modesta cantidad para entrar.
Y no me perdí, fui siguiendo los pasos de un grupo de turistas chinos, con un guía abanderado, y aun tuve tiempo, al bajar, de regatear el precio de una pulsera de perlas a una vendedora callejera, que alumbraba con una linterna las perlillas, para que admirara su calidad. Le pregunté que para qué servían los polvos que se hacían de las perlas –ella los vendía en saquitos– y me dijo que eran excelentes para, mezclados con agua, el cutis de la cara. No sé. Creo que blanquean la cara. A mí me gusta más, mucho más, la tez tostada.
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