El museo de pianos, muy peculiar, anclado en los grandes modelos pianísticos del romanticismo y posteriores, con pianos alemanes, franceses, americanos, austriacos, etc. de reconocida fama y referencias continuas a Listz, Chopin, y otros grandes maestros.
A mí me interesó desde el principio hacer una visita demorada a aquel lugar, que fue inicialmente construido en una fecha que siempre me ha resultado emblemática: 1913, es decir, el año en el que se concitan para cambiar todo, a través del arte, Stravinsky, Picasso, etc. Versión china del advenimiento de una nueva era. Lo construyó una millonaria taiwanesa; en 1956 pasó a manos oficiales; y hoy es un parque público, para el que hay pagar –muy poco, la verdad– para verlo.
Tiene la curiosidad de que ha hermanado parque y mar, que en realidad es un diálogo constante en esta isla. Para un europeo quizá resulte excesivo el juego de jardines y pabellones, además de un laberinto de grutas; pero he visto que es lo que más gusta a los chinos, que lo han convertido en uno de los paseos más intrincados bordeando el mar. Particularmente llamativo es el camino construido al borde mismo del agua, muy sólido, de piedra, y que permite un itinerario aparentemente peligroso, al menos si el mar se embravece; aunque yo no he llegado a ver mar bravo durante mi estancia.
Es curioso, el jardín, como obra de arte, puede renovarse, evolucionar, cambiar, sin que aparentemente no se traicione su historia, ya centenaria.
Una de las mejores playas de la isla se extiende al lado, de arena dorada, recogida, como se ve en la foto; pero es una playa para jugar en el arenal; el agua aquí no se toca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario