Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 27 de mayo de 2010

Evocación. Alonso Zamora Vicente. De maestros y discípulos


Tengo encima de la mesa el libro de la ilustración, que recoge una preciosa selección de artículos de Alonso Zamora Vicente, uno de mis maestros, seleccionados y presentados por Mario Pedrazuela, uno de mis discípulos, quien sobre Zamora y su actividad intelectual realizó su tesis, dirigida por mí. Esa es una cadena, a veces lograda, otras no, en nuestro mundo universitario, o en lo que era. Precisamente "don Alonso," como le llamábamos todos, tuvo para durante muchos años la virtud de la escritura evocadora, con estilo azoriniano,  particularmente durante los años en los que esa prosa había caído no solo en desuso sino en desprestigio, probablemente debido a los embates histórico sociales, que reclamaban la colaboración directa de los escritores, de las novelas, de los estilos... ¡Cuánta queja escondida en las páginas de don Alonso porque no se le reconociera debidamente la avanzadilla de sus narraciones!  Al releer estas páginas he confirmado algo que primero intuía y luego saboree de su compleja personalidad literaria: lo que a mí me llegaba de su maestría y, luego, de su amistad era la conversación evocadora, las viñetas de su memoria, lo que movía desde el pasado hacia el presente. Él y su  memoria eran la mejor novela, sobre todo cuando abría el inmenso paisaje de su vida y evocaba: Unamuno, Juan Ramón, Cortázar, Borges, Valle-Inclán, Cela, Dámaso Alonso, Lapesa, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Alfonso Reyes...; o la vieja universidad complutense, el barrio de la Latina, Buenos Aires, Santiago de Compostela... Y eso es lo que el libro nos da, eso sí, con el estilo jugoso, rico, matizado, siempre bordeando la melancolía, de un prosista excepcional, con su léxico ya acomodado a un estilo especial ("zozobra, balumba, azares..."), que aparece en cuanto uno empieza a leer, por ejemplo esta página sobre Unamuno:

 Zamora Vicente recuerda su encuentro salmantino con Unamuno
 Don Alonso, hoy leo esas páginas como tú querías que leyéramos tus cuentos y tus novelas, enfrascándome en ellas, entendiendo y saboreando y  lo que dices y lo que insinúas, con el conocimiento del discípulo que había trabajado con tus textos críticos y filológicos, que te vio llegar desde el exilio, observó cómo te encumbrabas en este país de glorias pasajeras, y compartió tu apartamiento final, en un profundo gesto de desplante porque no entendías o  no aceptabas lo que estaba ocurriendo, quizá porque no había mucho que entender. Te leo y me pareces un escritor admirable, necesario para recuperar y sostener en nuestra memoria ese tiempo que fuimos y desapareció.

Con Cortázar y Aurora Bernárdez, en Salamanca

3 comentarios:

  1. El libro del discípulo parece muy interesante y, además, ameno, por lo que se puede leer en la página introducida en su blog.
    Hay que dejar que la nostalgia venga ... y se pase ... porque aún queda todo lo demás,
    "camaradas en pocas palabras
    hoy en Berlín aunque muerto de nostalgia
    puedo decir que he vivido como un hombre
    pero los años que me quedan por vivir
    y las cosas que puedan sucederme
    ¿quién lo sabe?"
    Nâzim Hikmet

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  2. Hermosa semblanza.
    Es cierta la distancia moderna sobre este tipo de prosa. No se lleva: se prefiere otra sintaxis, otro léxico. No digo mejor ni peor, sino distinto. Esa retahíla de sintagmas tipo "cercanía, bulto, palabra, aliento" no se estila. Cuando comencé a hacer pinitos con el análisis literario, en el bachillerato, el estilo que predominaba era ése, un tanto lírico, no poco retórico. Creativo, impresionista, recuerdo que alguien, ahora académico, lo llamó, para censurarlo o, al menos, para que lo abandonáramos. Afinamos luego la terminología y adelgazamos la sintaxis, hasta buscar la brevedad del cirujano que saja los textos. Ahora leer a Alonso resulta un ejercicio de recepción literaria: no se lee como crítico o comentarista, sino como prosista adornado. De sus palabras, amigo Jauralde, algo de esto se concluye.
    Sería interesante, a la luz de estas consideraciones, trazar una historia de la historia de la literatura española a partir de los estilemas, las modas léxicas o la formación retórica de los que la escriben. Con ella se podría comprender el abismo que se va generando a medida que pasa el tiempo. En todo caso, habrá que escribir esa historia.

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  3. Fermín de los Reyes acaba de sacar un eruditísimo y prieto volumen que recoge todo el material básico para lo que propones. Voy a ver si lo encuentro por aquí: "Las historias literarias españolas. Repertorio bibliográfico (1745-1936)", Zaragoza: PU de Zaeagoza, 2010, 719 p. Quizá te refieras precisamente a fecha posterior. Buff... es tarea para alqguien con tiempo y paciencia.

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