
En Granada siempre gustaba de las cruces de mayo, que ocupan esos primeros días para llenar la ciudad de puestos de flores –las nuevas, claro–, y que con ellas forman cruces –el teñido religioso– para exhibirlo y –toque infantil, sobre todo– pedir una propina a quien pasa y mira.

En realidad, el resumen de un paseo para apreciar las cruces no es sino un motivo más para "salir a la calle", sintagma maravilloso que opera en todas las ciudades y que ya está en el Libro de Buen Amor o en La Pícara Justina, por ejemplo. Y una vez que se sale, que uno se encuentra con la gente que ha salido, o que uno se reúne en torno a un motivo de la vida que renace.... la fiesta y la alegría brotan con la misma naturalidad que el botón de una rosa.
Una de las cosas más llamativas de estas cruces es la de que "admiten todo", lo que quizá sea un derivado de ser fiesta infantil: los niños adornan con todo lo que pillan, además de las flores, claro: telas, jarrones, música, objetos... tengan o o no tengan que ver con la fiesta de las cruces. La sensación de todo vale y todo adorna es un ingrediente más del día de las cruces.
Pero yo voy a terminar con una batería floral, flores silvestres, cultivadas, enloquecidas, solitarias, agrupadas.... Habrá lirios, hortensias, rosas, flores silvestres, pensamientos,.... pero empezaré con la flor del azahar, la del naranjo, que es a la que huele en mayo casi toda Andalucía.
Hago con las flores como un niño que monta la cruz, van todas, de cualquier manera, "porque hace bonito", y sirven para compartir la alegría.
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