La población china es tan abundante en Europa, y en España, y en Madrid, que yo creo que a estas alturas todo el mundo sabe que estoy hablando del año nuevo chino, que yo he celebrado discretamente cenando una noche con mis compañeros de estudio y mis profesores de chino; acudiendo a un concierto en el Auditorio Nacional de música tradicional china [zheng, zhudi, erhu, ruan, pipa, suona....]; comiendo en un restaurante chino –lo elegí mal, me salvaron los fideos–, visitando el Centro Cultural de Madrid, y hablando con mis muchos enlaces y corresponsales chinos, sobre todo con los que me van a ayudar en mi próximo viaje a Hangzhou, que es tan hermoso como me comentan mis amigos de Facebook cuando cuelgo una foto –mía, de mi viaje anterior– a esa ciudad.
También he tenido la suerte de que una de mis profes chinas –de nombre precioso– nos explicara voces y detalles de estas celebraciones tradicionales.
También he tenido la suerte de que una de mis profes chinas –de nombre precioso– nos explicara voces y detalles de estas celebraciones tradicionales.
Es curiosa la integración de esa población en nuestra sociedad. Un amigo canadiense, cuando empezaron a establecerse en Madrid, me comentaba: esa zona de Madrid va a ser muy próspera, porque ya han abierto dos o tres tiendecitas chinas. Y así ha sido: raro es el barrio, incluso la calle en donde no hay un establecimiento chino, y no solo en Usera –que comparten con los latinos– sino en muchos otros barrios, en el centro y los barrios residenciales de más prestigio de la capital, etc. Les veo llegar muy pronto en metro o autobús a los centros de trabajo, en donde suelen ser los últimos en cerrar. Y a veces a los chicos jóvenes se les ve medio dormidos cumpliendo aburridísimos horarios de vigilancia o asistencia. Los que tengo cerca de casa se quedan abiertos hasta entrada la noche, para el que se haya olvidado del pan o de la leche; y ahora ya no son solo chamarileros, han comprado los mejores sitios de calles comerciales (como la calle Narváez) y se han ido asentando como fruteros (lo comparten con los magrebíes y algunos latinos), tiendas de telefonía, quincallería y desde luego, bazares. Su entrada en comercios de zapatos y ropa, así como de accesorios, parece imparable. Si algún día llegara el mercado nocturno de Qingdao a Madrid...... se arruinaría todo el comercio de piel y textil, entre otros. Como supongo que se están arruinando las peluquerías. ¿Pero tantas uñas y tantos pies se necesita cuidar ahora? Confieso que ya he tentado el corte de pelo en una de ellas: inmejorable, barato (la mitad que una española) y cordial.

Termino con algunas de las fotos del lago del oeste, en Hangzhou, que tanto han gustado a mis amigos de Facebook.
Añado la que me sirve, mientras escribo esto, de salvapantallas; va seguida –son parecidas– de la que preside la silueta de la dama china a la que pedí que me enseñara la ciudad, porque tierra y mar y paisaje y viajes..... todo puede ser muy hermoso, pero casi siempre necesita de quien lo mira y lo vive. Y me acuerdo –profesor pedante, en definitiva– de Antonio Machado colocando al pastor en medio de la solitaria primavera soriana.
[Por una manía que tiene su explicación yo pongo siempre cuatro puntos suspensivos y no tres. He visto en libros chinos que ponen seis muchas veces. Y ando dando vueltas al asunto].
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