Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

sábado, 21 de febrero de 2015

El año de la cabra



La población china es tan abundante en Europa, y en España, y en Madrid, que yo creo que a estas alturas todo el mundo sabe que estoy hablando del año nuevo chino, que yo he celebrado discretamente cenando una noche con mis compañeros de estudio y mis profesores de chino; acudiendo a un concierto en el Auditorio Nacional de música tradicional china [zheng, zhudi, erhu, ruan, pipa, suona....]; comiendo en un restaurante chino –lo elegí mal, me salvaron los fideos–, visitando el Centro Cultural de Madrid, y hablando con mis muchos enlaces y corresponsales chinos, sobre todo con los que me van a ayudar en mi próximo viaje a Hangzhou, que es tan hermoso como me comentan mis amigos de Facebook cuando cuelgo una foto –mía, de mi viaje anterior– a esa ciudad.
También he tenido la suerte de que una de mis profes chinas –de nombre precioso– nos explicara voces y detalles de estas celebraciones tradicionales.


Es curiosa la integración de esa población en nuestra sociedad. Un amigo canadiense, cuando empezaron a establecerse en Madrid, me comentaba: esa zona de Madrid va a ser muy próspera, porque ya han abierto dos o tres tiendecitas chinas. Y así ha sido: raro es el barrio, incluso la calle en donde no hay un establecimiento chino, y no solo en Usera –que comparten con los latinos– sino en muchos otros barrios, en el centro y los barrios residenciales de más prestigio de la capital, etc. Les veo llegar muy pronto en metro o autobús a los centros de trabajo, en donde suelen ser los últimos en cerrar. Y a veces a los chicos jóvenes se les ve medio dormidos cumpliendo aburridísimos horarios de vigilancia o asistencia. Los que tengo cerca de casa se quedan abiertos hasta entrada la noche, para el que se haya olvidado del pan o de la leche; y ahora ya no son solo chamarileros, han comprado los mejores sitios de calles comerciales (como la calle Narváez) y se han ido asentando como fruteros (lo comparten con los magrebíes y algunos latinos), tiendas de telefonía, quincallería y desde luego, bazares. Su entrada en comercios de zapatos y ropa, así como de accesorios, parece imparable. Si algún día llegara el mercado nocturno de Qingdao a Madrid...... se arruinaría todo el comercio de piel y textil, entre otros. Como supongo que se están arruinando las peluquerías. ¿Pero tantas uñas y tantos pies se necesita cuidar ahora? Confieso que ya he tentado el corte de pelo en una de ellas: inmejorable, barato (la mitad que una española) y cordial.
Me sigue dando la sensación de que todavía no se mezclan con los lugareños, y que mantienen su propia identidad y cohesión, más que como getos, como refugio, aunque veo que aprenden bastante bien el idioma. Deben tener, como los españoles, grandes diferencias sociales, pues la otra cara de la moneda que conozco, la de los numerosos estudiantes chinos de la universidad, maneja dinero, viaja, tiene pruritos culturales, etc. Esa misma diferencia observé en algunas de las ciudades chinas que conozco, las del oeste de China, que son, al parecer, las de mayor desarrollo económico.

Esta entrada va ya larga y me falta por decir algo que siempre he sospechado, desde que residí en Baltimore, con una pujante población de raza negra, mayoritaria: una cierta salvación de la llamada raza blanca, que ya ha empezado a degenerar, incluso físicamente, se produciría si razas, culturas, gentes, etc. se mezclaran real y verdaderamente, sin prejuicios. Releo lo que escribo para ver si estoy ofendiendo a alguien. Creo que he dicho de modo elegante que los blancos son la raza más estropeada, más degenerada, más fea.
Termino con algunas de las fotos del lago del oeste, en Hangzhou, que tanto han gustado a mis amigos de Facebook.


Añado la que me sirve, mientras escribo esto, de salvapantallas; va seguida –son parecidas– de la que preside la silueta de la dama china a la que pedí que me enseñara la ciudad, porque tierra y mar y paisaje y viajes..... todo puede ser muy hermoso, pero casi siempre necesita de quien lo mira y lo vive. Y me acuerdo –profesor pedante, en definitiva– de Antonio Machado colocando al pastor en medio de la solitaria primavera soriana.



[Por una manía que tiene su explicación yo pongo siempre cuatro puntos suspensivos y no tres. He visto en libros chinos que ponen seis muchas veces. Y ando dando vueltas al asunto].

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