Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 21 de julio de 2011

Romance del tamarindo



hileras de tamarindos
beben la brisa del mar,
troncos que van retorcidos,
ramas que frágiles van
para que el aire marino
las acaricie al pasar.
Gustan del cielo abierto,
que el viento les sepa a sal,
mirando rizos de espuma
aprendieron a espigar
las finas hojas que juegan
y se cimbran sin quebrar,
tanto si lluvia y bonanza,
si sol o si tempestad,
hojas tan silenciosas
dejan rumores pasar
de si cerca rompe la ola
de si muy lejos se va;
lentitud con la que crecen
nunca fue fragilidad,
hondo cavan en la tierra
y siempre al lado del mar,
esfuerzos de ser, los troncos,
esfuerzos de perdurar;
en tanto que todo pasa
sus hojas lo ven pasar.



Vuelta a casa

heliotropos
Año tras año va la casa creando
su costumbre de ser, cuando florecen
los arrayanes, dora el arce y brotan
ocultos en la sombra los laureles,

cuando cuaja su fruto el avellano
y el heliotropo por el muro asciende
hasta dejar perfume en las alcobas;
y encaramado al acebuche, teje

una red que coronan celidonias
y ortigas y un saúco que aparece
en el cañaveral, entre celindas,
siempre nuevo, pujante, siempre verde.

Y año tras año, cuando llego allí,
la vieja casa se despierta y vuelve.




miércoles, 20 de julio de 2011

Y el segundo románico con su mar




No le da tiempo al pasajero más que a mostrar el itinerario, desde Castro Urdiales a Santander, sobre todo en torno a Santoña y una serie de lugares y pueblecitos: valles, mares, playas, iglesias.... Santoña, además, con restos de fortificaciones que defienden el estuario –lo que queda, en su mayoría, de época napoleónica, aunque hubieron de asentarse sobre otras más antiguas.

Santoña, el estuario desde una de las fortalezas


Ajo

martes, 19 de julio de 2011

"Esto de ir renunciando por la vida...."



Esto de ir renunciando por la vida
es tarea muy dura y exigente,
que se lleva en verdad muy malamente
lo de hacer caso omiso y la partida.

El rabillo del ojo ve la gente
y me manda señal y acometida,
me recuerda que tengo prometida
una juerga brutal, y que lo intente.

Y sí que lo hago, pero no me sale;
anda tras mí lo de melancolía,
y entonces va y se me escapa el día;
de lo que prometí, nada me vale.

Termina todo con un mal pareado.
Lo que se daba ya se ha acabado.





Últimos recuerdos de Poitiers


El coche escoba, como en la vuelta ciclista, el que va recogiendo todo lo que se quedó rezagado, que fue mucho y que, con la distancia, cobra una pátina especial en la que se mezclan sensación de lejanía, de tiempo pasado, y en este caso también, de rincón que he ido conociendo poco a poco, entre lecturas francesas y obligaciones académicas. De manera que he seleccionado unas cuantas fotos prendidas a paseos y momentos de Poitiers, antes de que el tiempo los borre del todo. En su mayoría no son lugares oficiales; lo contrario, quizá: rincones, detalles, destellos.
"Mi corazón está donde ha nacido, no a la vida, al amor....", decían los versos de un andaluz para explicar su amor a Castilla; y así en menor medida ocurre con lo demás: nuestro afecto va hacia lo que nos roza cada día y va posándose, sin que apenas nos demos cuenta, en el quehacer cotidiano. De ese modo se sedimentan las costumbres, se reconocen las luces del día, se reiteran los caminos, se cobra apego a circunstancias modestas. 
La última mañana en Poitiers me sorprendí a mí mismo yendo a desayunar a la misma cafetería de otros días, en donde volví a comentar no sé qué al mismo camarero, me fijé en los ojos castaños de María y hojee el periódico, el mismo, como ya había hecho otras veces. Café y zumo fueron también los mismos, aunque cambié la media luna por una "vienesa". Si me hubiera quedado más días, habría terminado por probar los innumerables y riquísimos bollos del café, pero hubiera seguido desayunando allí; y me hubiera declarado a María, la camarera del "café Populaire" de la plaza del Ayuntamiento, cuyos ojos castaños indudablemente se merecían todos los desequilibrios afectivos, que ella no sabía si tomarse en serio o no. 
El lugar se fue. Lo he almacenado en la memoria. No sé para qué. Compré harina de "sarrazin", con la que prepararé "crepes" –no en vano he pasado un año en Saint Malo.















El románico del mar (I)



La conjunción de mares y arte románico cuaja en los alrededores de Santoña, en donde es posible pasar de las arenas doradas de las marismas a los praditos que rodean alguna vieja iglesia románica, aisladas las más de las veces en medio del fragor inmobiliario de lugares insoportables, en donde los muros de cemento y ladrillo pueden alcanzar los veinte pisos o varios kilómetros y decenas de urbanizaciones (Zaráuz, Laredo, Castro Urdiales....) La belleza de estas tierras todavía se conserva en playas escondidas, acantilados que repelen el cemento, valles en donde no se permitió que se enriquecieran los desaprensivos. Y también en estos pequeños remansos de viejas iglesitas, que casi siempre conservan algo –un retablo, una pila bautismal, el campanario, el pórtico.... Es difícil visitarlas, habría que parar un par de días –entrar en contacto, pedir permiso, encontrar el horario–, pero merece la pena.






Venía ya buscando esos lugares, sobre todo después de haber visitado la iglesia de Mézos, en las Landes, románica, muy bien conservada, a pesar de estar construida con argamasa y no piedra –en zona de bosques–, en medio de las casas de madera típicas de esa zona. En ese pueblo de la zona de los lagos pasé una noche, deslumbrado por la iglesia y el contorno.

Luego, el viajero ha podido visitar la red de iglesias de Isla, Noja, Ajo, Bárcena de Cicero, etc. en torno a Santoña, cuyo estuario quizá sea una de las zonas mejor conservadas, con inmensas y abundantes playas en los alrededores, todavía medio vacías, sin aglomeraciones. Y así he podido ver varias de estas iglesias y entrar despacio en la que más me interesaba, la de Santa María del Puerto en Santoña, que además de su coquetería exterior, guarda tres retablos preciosos, una pila bautismal (de finales del s. XII, probablemente) y toda una colección de capiteles.

Santoña, Santa María del Puerto
Con representaciones de todo tipo, algunas de un realismo excepcional: ¡cómo se aprovecha el espacio para representar la caza del jabalí, con los perros mordiendo al animal!; o cómo nos miran de cuclillas.




Toda la zona fue repoblada por Alfonso I, a mediados del siglo VIII. Todavía se conserva un inscripción, semiescondida, que habla de un obispo "hermano" de un rey godo. 




Santa María de Santoña se documenta a lo largo de toda la Edad Media, y hubo de edificarse, remodelarse, adaptarse.... Lo que hoy se ve es de finales del siglo XII y parte del siglo XIII: domina el medio punto, pero las cúpulas del crucero son góticas y el ábside es aun más tardío, en ese último momento sin duda se añadió el Retablo de San Bartolomé –uno de los tres que conserva–, obra de Juan de Nior (Moor, de Brujas), que se tiene por una de las joyas pictóricas de la pintura flamenca en España.
Daré una segunda parte con el restante románico de estos días, pues la página me ha empezado a fallar, quizá porque va ya muy cargada. Los dos paisajes son dos de esos rincones todavía no invadidos, entre Castro Urdiales y Santoña. Aun así, voy a intentar cerrar con una foto que tomé del retablo de San Pedro y de la enorme pila bautismal.







s








La santísima trinidad

Cuando muera, morí. Un problema menos.
Veremos qué permiten y qué no,
después de tanto predicar misterios.
Dejaré escrito un buen soneto donde
   se describan sucesos del camino,
bueno, del "tránsito", como lo llaman
quienes dicen saber lo que se cuece
y andan con los pertrechos en maleta.
   Me llevaré linterna y un paraguas
–viene de allí la lluvia– y tres condones
para el primer encuentro celestial,
que me compense las calamidades
   padecidas con lágrimas del valle.
Ya veremos. Veremos. Un soneto.


Estelas funerarias en el museo San Telmo de San Sebastián