Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

viernes, 27 de agosto de 2010

Romances noticieros: Romance de la noche estrellada

Romance de la noche estrellada

De todo lo que no sé
hay algo que se me escapa,
de dónde nacen los versos
cuando no se sabe nada.
Como tema de romance
parece cuestión muy alta,
prefiero para estos versos
la vida que viene y pasa,
los ojos en los colores
y la voz en las palabras;
para los dedos, la piel;
para el amor, la esperanza;
y todo junto contigo
en una noche estrellada.

Las vacas de Lela



Cuando vine a este lugar de Malde, existía muy cerca, como a trescientos metros por la carretera comarcal, una vaquería, que según me dijeron, era una de las pocas “industrias” valiosas del lugar: propiedad de una familia que vive en el molino, y el molino, que está debajo de mi casa, como es natural, al lado del río, pues en sus tiempos hubo de ser molino de agua. También hay curiosísimos molinos de mar, aprvechando las olas; se acaba de restaurar uno en Ortigueira. El de Malde ha conservado nombre y lugar.
Los ganaderos de la región ya protestaban entonces, hace unos diez años, de que el negocio se estaba poniendo difícil y ruinoso, sobre todo a raíz de la entrada de España en la CEC. El primer año compramos una lechera típica de aluminio gallego y María –diez años– iba, como otros vecinos, a la vaquería a que le vendieran la leche fresca. Y hasta los primeros días hicimos mantequilla. Conocimos a la familia que habitaba allí, sobre todo a Bernardo, el abuelo, que me venía a ver montado a caballo, cuando arreglábamos las piedras que era entonces la casa, y me explicaba cosas como que el agua de pozo por allí pudiera ser “firme” (es decir: que no se acaba nunca). En una de esas visitas me di cuenta de que apenas veía, pero conocía los lugares, los caminos, las cuestas... y sobre todo distinguía por el olor y el tacto. Se me ha quedado grabada su imagen al arrancar unas ramas de saúco y olerlas por encima (ya debía de saber que era saúco, al tacto): me explicó en un gallego precioso –que soy incapaz de transcribir–  que por mucho que lo arrancara el saúco terminaba por rebrotar. Uno de los veranos, al llegar, me dieron noticia de su muerte relativamente repentina; pero no es de él del que quería hablar ahora, ni de Luciano, el labrador del 85 años que también iba caminando todos los días a la vaquería –un par de kilómetros–, ni de Celia, que protegió mi casa con una rama de olivo, ni de la mal querencia entre Celia y Luciano, por alguna historia vieja de amores, que nunca me contaron; ni de la tristeza de Lela, por una desgracia familiar, a quien durante muchos, muchos años vimos ir andando al cementerio con un ramo de flores... Cada caso es una historia, como todas,  digna de contarse con cariño, cuidado, comprensión.
De lo que quería hablar hoy es de lo que he visto en el valle: desde la ventana de mi casa he vuelto a ver vacas y terneros; porque la vaquería se cerró; al parecer Antonio, el marido de Lela, tuvo un accidente que le dejó en cama; pero el negocio no iba bien. La vaquería está hoy abandonada y sus instalaciones ruinosas. Hace mucho que no veo a los camiones cisterna de las grandes centrales lecheras subir y bajar por el camino para recoger los grandes tanques de leche; y ya ni me acuerdo de la última vez que Lela nos regaló un requesón, tan fuerte... bueno: te tenía que gustar mucho la leche para tomarlo. En alguna ocasión contaré cómo se hacía el requesón, que aquí suele ser postre y se llama "queso fresco". Desde entonces yo, algo preocupado, vigilaba los precios de los “brik” de leche en el súper, para corroborar –como me contó Lela alguna vez– que se vendía la leche por debajo del precio que a ellos les pagaban, lo que quería decir, como todo el mundo sabía, que procedía de sabe dios dónde.
El caso es que, lo dicen las  fotos que he tomado hoy desde mi ventana, han vuelto las vacas, ¿o serán solo terneros? Durante los primeros años alguna vez nos atormentaron los mugidos de algún ternero malherido –romperse una pata al saltar, por ejemplo–, que terminaba por ser sacrificado; o cuando me despertaba podía ver en el valle una procesión de vacas –hasta cincuenta llegué a contar– que iban a pastar, con su procesión de vuelta a casa horas después.
Hoy he contado veinte cabezas.


Que se va el verano

La hortensia blanca empieza a abrirse
Y las últimas tareas se amontonan. La tarde se ha ido en una larga sesión de jardinería, de la que doy cuenta generosamente ilustrada, antes de recoger aperos, ramos, tiestos, esquejes, semillas y recuerdos nuevos, los de este verano, que ha sido generoso con los visitantes, pues ha prodigado la luz y ha reducido las lluvias. Por aquí, si la lluvia no llega en dos o tres días, fruncen el ceño y “hay sequía”, dicen. Pues ha habido una larga sequía y hasta ha habido un día, ayer, que el viento del sur elevó la temperatura hasta unos insoportables 27 grados. Fueron solo unas horas, eso sí. Lo contaré en “El paso de las borrascas del Atlántico”.


He visto, verbo y gracia, que muchas de las hortensias –rojas, azules, blancas...– están preparando la floración para setiembre. La floración depende de cómo y cuándo se hayan podado. Las blancas del porche, que alcanzan más de dos metros, han empezado a estallar, primero como botoncillos amarillentos y luego en fases paulatinas, que no duran más allá de las 48 horas, hasta alcanzar ese blanco purísimo que tienen en este caso. Luego se ajan lentamente, y entonces pueden cambiar el color, a veces radicalmente, por ejemplo pasando de azul a rojo. Estrella me enseñó en Boston de qué manera componía ramos secos de hortensias, muy decorativos, como si fueran ramos de encajes.



Las ilustraciones muestran las fases de floración de las blancas [la variedad es siempre la macrophylla]; en una de ellas aparece el jardinero –cosa rara– canturreando con el IPod era una canción de Moustaky, la de “le jeune facteur est mort”: es un testimonio de la verdad, pues todas las fotos de este cuaderno –menos las históricas (yo no fotografié a Blas de Otero, por ejemplo; no le conocí) y las más de las erótico verdes, que son fáciles de encontrar– están tomadas por mí, desde luego, sea con el teléfono, sea con una pequeñísima cámara doméstica, que guardo en la funda de gafas que se ve en la foto.



También seguirán fructificando las zarzamoras: los ramos sostienen por igual moras agraces y maduras. Casi siempre en el camino, serán alivio del peregrino goloso. La zarza es muy difícil al comienzo, dura y espinosa, pero si se le deja madurar y meterse entre árboles y plantas, termina por ofrece su fruto. No, no voy a hacer la comparación fácil con uno de los géneros de nuestra raza, porque además creo que no es verdad. Con las moras hubiera debido hacer la clásica mermelada, pero me han dicho que pare de meter azúcar en mi cuerpo, y era literal, no se referían a ternuras, alicientes, viajes y otras dulzuras. Por cierto, se me ha olvidado el nombre que aquí se da a los muros de piedra que sostienen los caminillos, el mío es una falsa “serventía”, y cuando me lo dijeron, por conocido, creí que me acordaría. He buscado en la b- del DRAE y no lo he encontrado. 

No sé cuándo pierden flor y hoja las fucsias –los “pendientes de la reina”, que en lugares más piadosos llaman “pendientes de la virgen”– que están ahora en su mejor momento, precisamente hermanados con las zarzamoras, con las que ya dije que les gusta hacer camarada: en los tallos espinosos se apoyan sin que parezcan asustarlas. Y las zarzamoras mezclan su “morado” de finales de agosto con el reventón de la variedad más frecuente de fucsias, que yo creo que es la de la foto, aunque muy abundante e invasora es la de “pitimini”, es decir, la de flor menuda. Mi amigo y colega Mario tiene una enorme variedad de hortensias y de fucsias en su jardín de Villarrube, pueblecito cercano, de donde también son otros egregios filólogos; pero no hay que preocuparse, cuando nos vemos tratamos poco del campo filológico, que ha sido muy mal cuidado y abonado y está dando una cosecha infame.

La siguiente viñeta exhibe tres plantas que no he controlado: las pequeñas violetas silvestres, que están por todos lados, y son bien simpáticas; las fresas salvajes, que a modo de enredadera van invadiendo el suelo y que ya dieron su fruto a comienzos del verano (en esta tierra), a modo de fresas pequeñas y muy sabrosas. Y la glicinia o glicina, que ya se ha ido tan alto, por el hórreo, que no he podido cortar más que los tallos de dentro y los que habían invadido el tejado: esperaré al invierno, cuando deshoje, que resulta más fácil; pero hay que hacerlo, porque los tallos que echa se endurecen en tronco de un año para otro y son capaces de derribar un campanario. Y aquí sí que se podría extraer moralina para la conducta humana, claro. Lo mismo he tenido que hacer con la parra virgen, que me tapó ventanas, y que ha quedado mal. Lo que hace daño hay que arrancarlo de raíz, para que no rebrote con el mismo mal debajo del brazo.
avellana recién caída
De los avellanos, he visto que uno de ellos, el que ha dado fruto, tiene todavía bastantes avellanas madurando en rama, y como a diario recojo unas cuantas, decir quiere eso que va poco a poco suministrando alimento a los cuervos. Aunque no he visto nunca a los cuervos comiendo avellanas –sí nueces–. Verdad es que el fruto de la avellana se esconde doblemente, debajo de las hojas, por un lado, y con una falda ocre por otro, como se ve en las fotos. Incluso he podido fotografiar una recién caída en tierra. Cuando llegue la próxima primavera, habrá media docena de avellanitos pujando a la sombra del actual; y tendré que arrancarlos. Hoy he quitado algunas varas, “más rectas que las de un avellano”, porque arañaban la pintura del coche.
Los retoños de avellano no medrarán, pero sí lo hacen los tres retoños de enhebros con los que quiero tapar el lugar por donde entra el jabalí –recuerden que duerme bajo el castaño–: parecen pequeños, pero los dos más grandes tienen año y medio, y la mitad es la que tiene el menor. 

enebros para tapar el hueco del jabalí
No tengo a mano toda mi biblioteca de  jardinería, pero se trata de una variedad que en los manuales señalan como de “crecimiento lentísimo”. Aquí medran a ojos vistas: ahí están los que planté hace dos años en un ferrado, el de abajo –el único que tengo, todo esto es muy reducido–, a partir de esquejes, son ya mayorcitos. Todos son retoños, por esqueje, de los grandes enebros que el temporal dejó escorados. El que me derribó el nogal. Pero ya hay otro nogal abriéndose al aire y al sol; le pueden ustedes ver bien lozano, con solo doce meses de edad desde que lo planté a partir de una nuez enraizada y un año en tiesto. ¿Cuánto tiempo tardará en dar comida a los cuervos? 

nogal joven en el ferrado
Retoño de castaño
Dicen que las manchas que afean de vez en cuando las hojas no son enfermedad, que es el ácido de la central de “As Pontes”, que riega sulfuro en cien kilómetros a la redonda (es de carbón). Todavía guardo una caña para varear nueces que me hice cortando el cañaveral invasor de un frente de la casa y para hacer licor de nueces (que se hace con frutos todavía verdes); pero no lo he plantado “a marco real”, veo ahora, y le acecha cerca un árbol jabonero, creo que es un “serval” o “mostajo”, que Antonio de Ortigueira regaló a Javi, a poco de nacer; y un arce pequeño, que quizá haya que trasplantar. Los retoños de los laureles y de los castaños son los más abundantes; los laureles –romanos, en este caso– ya no proliferan, porque el temporal tumbó todos los que sostenían un talud que baja al río, aquí como en todo el valle. Siempre me suelo llevar uno pequeño a la corte, que tengo en una ventana, para menesteres culinarios. 
Lo de los castaños es más grave, porque medran mucho. El que he fotografiado ha ido a brotar en un lugar imposible, en medio del jardín al lado de unas piedras, y habrá que arrancarlo; no merece la pena trasplantarlos.
enebros, tuyas y ciprés plantados hace dos años
capullos de camelias
No hay que preocuparse por estas pérdidas, ni por la llegada de un tiempo sin flores. Lo camelios ya han empezado a echar capullos, y darán flor a partir de enero: los hay blancos, rosas, rojos... Quizá unas semanas antes haya florecido el jazmín de invierno [Jasminum Nudiflorum], de flores amarillas, y sin olor, como casi todas las de invierno. Y en cuanto se descuiden, enlazarán con las azaleas, que son muy tempranas, y luegos los lilos –que he conseguido que florecieran–, las varitas de san Juan [deutzias], etc. etc. etc. El tiempo dispone sus cosas con cierto orden. Se va el verano ahora. Lo anuncian las últimas hojas del árbol de Júpiter [lagerstroemia indica] que divide los caminos del jardín: han empezado a cambiar el color, en cuanto me vaya ofrecerán sus fuegos artificiales. Perennes quedarán, presidiendo todo, el libocedro [libocedrus decurrens], la secuoya (que me regalaron en Edad de oro, y me traje desde Madrid; hoy sube unos quince metros), la tuya, el cedro del himalaya, los enebros, el pino, los acebos, el olivo, el Tejo dorado [Taxus fastigiata aurea]... sobre un fondo de aligustres, Bojs y laureles.
La parra tiene mala solución

jueves, 26 de agosto de 2010

Avellanos y vaqueros, en primavera



Este año       podaré los avellanos
y volveré    a enamorarme    de ti
enamorarme en primavera      cuando
cuando te calces los vaqueros      que
que yo no sé cómo    puedes    ajustar
ajustar al perfil de tu figura      para
para que me imagine    los lugares
los lugares del aire      que no sabe
que no sabe      llevar tu ritmo     con
con la gracia gentil     que tú te esparces
mientras     dejas       los ojos    recogidos
recogidos      no tanto que no miren
que no me miren a hurtadillas     por
por si acaso    me olvido     de mirar

Foto tomada debajo de un avellano, del que son las hojas de arriba

Romances noticieros: Romance de la playa de Pantín



Romance de la playa de Pantín

En la playa de Pantín
las gaviotas se entretienen
escribiendo garabatos
en el aire y en mis sienes;
luego cuando ya se alejan
lo que han dicho se pierde;
y el mar se queda pensando,
–nadie sabe lo que quiere–
con ese rumor de espumas
que duda si va o si viene.
Mañana vendrán gaviotas
y volveré nuevamente
a leer cómo dibujan
el pensamiento en mi frente.
Sabemos lo que se va
no sabemos lo que viene,
Será lo que las gaviotas
lo que el mar repite siempre:
azul inmenso y blancura,
descenso a la luz que siente
que el viento empuja a las alas
y el horizonte se pierde.






Blas de Otero lee a Quevedo en liras

Así es. Aparece en las p. 187-188 de ese diario poético y riquísimo libro de versos que se acaba de publicar, Hojas de Madrid con La Galerna, y del que ya he dado cuenta varias veces en ese cuaderno. Por las fechas y las alusiones que asoman por aquí y por allá habrá de ser de hacia 1970.
Que Blas de Otero lea, asuma y profundice con variantes poesía de otros autores de todas las épocas y lenguas es uno de los rasgos, precisamente, de su quehacer; y Quevedo asoma con relativa frecuencia a sus versos. Lo que en este caso me ha llamado la atención es la consistencia del recuerdo, que construye seis sextetos, es decir 36 versos en un poema que titula con el nombre del polígrafo madrileño, “Francisco de Quevedo”. Por un lado el mantenimiento del recuerdo poético, por tanto; y por otro y además la factura del poema: dije sextetos, y lo son, pero igualmente hubiera podido decir “sextetos-lira” o “sextetos-mixtos”, raros  o exquisitos siempre como forma métrica, por más que alguna ocurrencia de Gil de Biedma los haya propagado en la poesía actual, en donde aparecen esporádicamente. Blas de Otero coloca siempre el heptasílabo quebrando en cuarta posición y mantiene rimas consonantes en distribución ABAbCC, es decir, construye la difícil red de una lira, que no he tenido tiempo de buscar si tiene antecedentes clásicos o no. Ya lo consultaré.
He aquí el poema:

Francisco de Quevedo

Madrid está buscándote en la noche
encabritada de bélicas estrellas,
una capa furtiva, un negro coche,
unas sombras grosellas,
y una espada sutil y puntiaguda
entre la llama de tu lengua aguda.

La mala leche corre por la vida,
el humo se destrenza en esqueletos,
nada se sabe de la luna herida,
nada de sus secretos.
Un tambor va rodando por el cielo,
o es esa luna huyendo a contrapelo.

El portal se arrebuja en los postigos
de una ventana macilenta y muda,
la habitación helada, sin testigos,
la sábana desnuda,
el papel blanco, helado, el fiel papel
hecho pavesas en la pluma de él.

Cómo de entre mis manos se desliza
el tiempo carcomido en tinta roja;
la vida puesta en el tablero, briza
la muerte y la despoja.
El reló da las cuatro, mas no suena
reloj que es desconsuelo y es arena.

Allí en el cielo inicia el día el ruido
de la luz, los pregones encarnados
de un astro inmensa y lisamente herido
por los cuatro costados;
Francisco se restriega y destumece
en la dudosa claridad que crece.

En Palacio hace frío y luto y miedo.
Sombras que se deslizan, dagas dicen
No he de callar por más que con el dedo
amenazan,  bendicen.
Lejos, San Marcos de León reposa
en silencio y palor de luna y fosa. 

codicilo del testamento de Quevedo, recientemente encontrado por Mercedes Sánchez

No es momento de comentar las liras, en las que he introducido cursivas para citas literales, que se amontonan hacia el final, pues podrían serlo también las referidas al reloj de arena, la gongorina “dudosa claridad”, y un léxico muy quevediano (“despoja”, “sombras que se deslizan...”, etc.) Es de notar, sin embargo, que el poema es extremadamente artificioso, acostumbrados como estamos a soluciones más fluidas en el caso de Otero; es posible, incluso, que le faltara un repaso final (¡esa rima en “él”!, el “palor” de la luna al final...) Parece como si hubiera dominado el Quevedo de las anécdotas, el espadachín de la corte, sobre el Quevedo real de los versos. No sé si, en estos casos, “los versos forzaron la materia”, como decían los clásicos.

Para detalles sobre el codicilo, puede verse el artículo de M. Sánchez en la revista manuscrt.cao, digital.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Pantín "classic". Campeonato del mundo femenino




En la playa de mis veranos, al llegar esta época (ayer fue luna llena) y aprovechando las mareas, se celebra una competición de "surf" desde hace unos veinte años. En esta ocasión parece ser que algunas compañías han apostado por la publicidad que pudiera generar y han invertido adecuadamente, de manera que la playa se ha puesto elegante, con pabellones, azafatas/os, etc. y han venido un centenar de participantes, de los mejores del mundo. El calor ha aparecido y todo va miel sobre hojuelas. Allí he estado.

El "surf" es originariamente una diversión, por eso me gusta: la gente disfruta flotando sobre el mar con la velocidad de la ola sobre una tabla; y es una diversión para gente ágil, cuanto más joven mejor, como muchos deportes. Tiene, a mi modo de ver, algún defecto de origen: se trata, en principio de un deporte / juego para uno solo: lo pueden hacer muchos, pero cada uno por su cuenta, con lo que, cuando interviene lo de la competición, pues entra lo de los jueces, los tiempos y todo eso. Pero al principio era una diversión con el mar, en la playa, con el viento...












A algún participante le picó un escarapote o una faneca brava, como se ve en las fotos; estaba muy asustado porque no sabía exactamente lo que era.


Como deporte solitario congrega poca gente, como se ve por los panoramas; además Pantín no tiene población grande cercana. Eso sí, vi TV de otros países (Brasil, Australia...) Y muchos fotógrafos con cámaras inmensas, asentados en la playa. Pantín, como playa, estaba preciosa, con su marea baja vestida por las mañanas y la arena dorada y fina.
Se me acabó la batería cuando empecé a fotografiar a los participantes, en el momento de entrar o salir. Los chavales aficionados les pedían que firmaran en sus tablas, y así yo me enteraba quiénes eran los más conocidos, al decir de los locutores poliglotos una decena de campeones llegados de todo el mundo. La prensa local concede páginas enteras a la competición.

Pantín, ayer, desde el mar

El bardo me ha enviado un romance noticiero.

Surf en Pantín

romances viene cantando   
el verano por la playa,
ya se le antoja una escena,
ya recoge una palabra,
mariposa sin destino
que en los colores se para.
Mira a uno y mira a otros:
chaval, pelota, toalla,
un señor con su sombrero
y una vieja con paraguas.
Esto es Galicia, señores,
y aquí las cosas que pasan
no son como las del sur,
tienen su propia gracia:
el paraguas para el sol
y el sol no siempre en las playas.
Todo lo que digo es viejo
–se sabe lo que se canta–
vida de aldea en verano
es vida muy regalada
y, si tenemos el mar,
con sus helados y playas,
de ojos que miran cuerpos,
de cuerpos que lucen damas,
de amaneceres tardíos
y noches lentas y largas.
Me voy a Pantín ahora
para ver cómo resbalan,
sobre las ondas del mar
con las espumas blancas
vestidos de negro y aire
encaramados en tablas,
los que son más avezados
y gustan de viento y agua.
Y allí pisaré la orilla,
miraré si lejos anda
en horizonte perdido
el tiempo que se presagia,
y en un puñado de tierra,
fina, süave y dorada,
el viento, cuando la suelte,
veré desde dónde avanza
el banco de nubes lejas,
el banco de nubes blancas.
Que todo al cabo se viene
y todo al cabo se marcha.