La fotografía que acompaña a esta entrada ilustra los obstáculos del investigador que a cada visita que hace le piden fotos, papeles, carnés, etc.; puede que sea normal si uno traspasa continentes; empieza a ser más molesto cuando lo que hace es deambular por ese espacio común que llamamos Europa –la de los mercados y los bancos, ya saben– que no admite tarjetas identificatorias de otros países y sube las tarifas de teléfono en cuanto cruzas los Pirineos; curiosa comunidad, con franquicia para los ataques de las multinacionales; pero que pasa de castaño oscuro cuando el ámbito es el mismo país e incluso la misma ciudad.
RAE |
Ayer sondée horarios y condiciones para visitar las valiosas bibliotecas del Congreso y del Senado: no me servirá para nada mi carnet de profesor universitario –me dicen– tampoco el de investigador de la BNE, tampoco los de la Comunidad de Madrid, tampoco el de catedrático de universidad... Ninguno de los diez que le cité al ujier. Hay que hacer uno nuevo, con tres fotos tamaño carnet, exposición de objetivos y horario que no interrumpa los plenos y otros quehaceres de las señorías. Me plegaré a todo, porque lo que yo voy a ver no lo habrán visto, me parece, las señorías y es causa de fuerza mayor. ¿Es posible que tenga que volver a hacerme otro carnet de investigador y que no sirvan los antedichos y aún otros? Propongo que sus señorías en la próxima sesión plenaria en la que yo pierda mi tiempo sin poder entrar, rellenando papeles o buscando una máquina de fotos, se reúnan y voten una ley sencilla para que exista un carnet de investigador, europeo, y que declaren la guerra e invadan, cruzando Cataluña, a las potencias amigas –Francia, Italia, Alemania....– que no lo respeten.
RAH en la calle del León |
Hoy por la mañana he estado en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia y, claro, me he tenido que hacer tarjeta nueva de investigador –sin foto–; el próximo día me haré otra nueva, para el Congreso; y así seguiré coleccionando (expongo las que salen por los cajones a bote pronto, sin rebuscar mucho). Estoy por comprarme un álbum. He de apresurarme a decir que en la biblioteca de la RAE no me exigieron que me hiciera una nueva (¡viva!) y que me atendieron maravillosamente, bibliotecarios además competentes; lástima que la vieja, entrañable, acogedora biblioteca en donde antes se investigaba haya desaparecido y los investigadores bajen a los sótanos, aderezados, pero con olor temeroso. He preguntado lo que haya podido pasar con aquel otro lugar y me han dicho que es espacio para estas otras señorías. Malos tiempos para los investigadores, arrojados disimuladamente a los sótanos. Saldrá quintaesenciado y bienoliente lo que se investigue en los pisos de arriba; estaré atento.
Habrá una entrada en este "blog" para cada una de estas bibliotecas, con fondos maravillosos y personal muy por encima de las instalaciones, lo que es válido también para la vetusta biblioteca de la RAH.
Y ya, puestos a inquirir sobre estos extraños métodos y normas que rigen el destino de nuestro quehacer, el más inocente, implantados ¿por quién?, me pregunto, desbordado por la incompetencia, ¿tienen riesgo nuestras primas?
Un poco perplejo, después de haber gastado toda la mañana viendo manuscritos y dilucidando letras, me he ido a comer al figón de Quevedo –quizá el mejor de la zona–, bajo la lápida que dice que allí vivió don Francisco, en la calle del mismo nombre y frente a las trinitarias. No es del todo cierta la lápida, pero ya decía W. Benjamin –vamos a citar lo que todo el mundo cita– que uno recupera del pasado lo que puede y lo que le interesa, de modo sesgado siempre, que no hay otro modo. Don Francisco vivía en posadas y comía en figones madrileños, a veces iba a casa de su hermana, que vivía en la calle de la Madera.
En próxima entrada, para hacerme perdonar estos escarceos fuera de la Filología, daré una relación de manuscritos quevedescos en la Real Academia de la Historia, incluyendo autógrafos y libros suyos, cosa que creo que no se ha hecho.
Termino con una flor, para seguir endulzando: una anémona híbrida, todavía así de rozagante.