Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

domingo, 31 de marzo de 2013

De Machado a la gitana de García Ramos, pasando por Bécquer

1912 es el año de la publicación de la primera edición de Campos de Castilla
Anotan el limonar
las ráfagas de febrero.
No duermo por no soñar.

De los Reales Alcázares de Sevilla
Los tres versos anteriores son una de las muchas soleás que Antonio Machado escribió o dejó que escribieran sus apócrifos, sobre todo en los años finales; su forma métrica más pura es la de un tercetillo aba, que a veces se mezcla con seguidillas, coplas y otras variaciones propias de cantares andaluces, de cuya gracias y sonoridad probablemente nunca se desprendió. 

Palacio de la Dueñas
Varias veces he señalado –y en este mismo blog–, que en el taller poético de Antonio Machado se ha entrado pocas veces. Tengo la intención de hacerlo en el congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas que se va a celebrar en Buenos Aires el próximo julio. Y uno de los aspectos que habrá de comentarse es el de su andalucismo; nada extraño si se recuerda su retrato, tantas veces citado: "Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero...

Patio del Palacio de las Dueñas

La placa municipal del palacio de las Dueñas –que entonces estaba convertido en viviendas– recuerda que allí nació el poeta; sus versos recuerdan que allí jugó.

De la exposición de azulejos de los Alcázares Reales (del s. XVI)
No estará de más restablecer su cercanía, por tanto, con el universo poético de Sevilla, que tiene su lejano sabor clásico en la pléyade de poetas andaluces de los siglos XVI-XVII, y su modernidad romántica en Bécquer.


Lápida en recuerdo de Blanco White
Bécquer tiene su monumento poético en el parque de María Luisa, un grupo escultórico muy apropiado, debida y románticamente acotado por la verja de hierro y con unos cuantos bancos también de hierro para recordar rimas y leyendas: las tres mujeres debajo del busto representan al "amor que va a pasar, el amor que pasa y el amor que ha pasado". 

Monumento reconocido y visitado, como también el palacio de las Dueñas, estos dos poetas y los de los clásicos y eruditos, que atiborran los nombres de las calles (Argote de Molina, Luis Montoro, Rodríguez Marín, etc.) no deben dejarnos olvidar otros nombres y lugares más recónditos que también pertenecen a esta ciudad: la trama de "La hermana san Sulpicio", de Armando Palacio Valdés; Blanco White, exiliado y muerto en Liverpool; y un Cernuda bastante repetido en rincones y citas, a pesar de su rechazo vital de la patria lejana.

Uno de los rincones en donde se recuerda Cernuda
Algunos otros parecen haberse perdido en la memoria, aunque hayan dejado restos tan logrados como el de esta glorieta (en los Reales Alcázares) con azulejos pintados por García Ramos, del que hay una exposición abierta en el Museo de Bellas Artes.



De donde se nos ha venido esa graciosa gitana con su silla– para cerrar nuestro paseo.


sábado, 30 de marzo de 2013

De la sencillez de los jardines




El recorrido por los innumerables patios sevillanos–con su jardín– culmina con los de la casa de Pilatos y los del Hospital de los Venerables, los del Museo Municipal (antiguo convento) y los variados, ricos e innumerables de los reales alcázares, entre otros, en todos ellos resulta fácil de observar que la gracia de aquel espacio debe mucho a la amplitud y la sencillez de su decoración vegetal, en la que poca cosa más hay que algunos arbustos (boj, sobre todo), evónimos (laureles especialmente) y macizos muy sencillos de espliegos, romeros o pequeños tapices de flores temporales (he visto pensamientos), en medio de una profusión de clivias cubriendo todos los rincones. De las paredes, enormes buganvillas, las más rojas, y alguna glicinia. El árbol preferido es el magnolia, del que he visto un ejemplar altísimo en el patio grande de la Casa de Pilatos y dos enormes en la plaza del Museo de Bellas Artes, lo cual no quiere decir que en estos patios, de vez en cuando no se encuentre algún otro ejemplar común (como el olmo viejo del mismo patio de Pilatos). Pero el árbol rey, el dominante, es desde luego el naranjo.



De esa naturaleza admitida, mimada y propagada de calles, plazas y ciudades se pasa a las palabras mayores del parque de Maria Luisa, un modo de jardín botánico, en donde ya hay soberbios ejemplares de eucaliptos (rojos), plátanos, palmeras, fotinias.... y otros más tropicales, sin renunciar desde luego a las magnolias. Buena muestra es la que ofrezco en estas páginas. Todas obtenidas en la Casa de Pilatos.



Decoración y naturaleza se conjugan a través de la sencillez, es decir: la gracia de un rincón del jardín puede estar en unos narcisos rodeados por el boj, la gracia decorativa estriba en los mosaicos, la gracia del escueto mobiliario del jardín, en un banco de piedra y azulejos con forma de media luna, en un hierro forjado rematando una tapia ocre o salmón, o, como mucho, en la sencillez de una fuente, con su aljibe. La gracia estriba en la sencillez y en el adecuado uso de los elementos naturales, muchos de ellos, como se sabe, de procedencia árabe o mudéjar y con función real  (regadíos, acequias, recoger el agua....) Toda una lección. Solo en los "jardines del poeta" de los alcázares reales he visto hortensias, matorrales de salvias, alineaciones extrañas, que nunca podrán competir con la esbeltez madura de los cipreses, el ensimismamiento celeste de las palmeras o el desrrollo de algunos ficus.



El contraste, quizá, se establece con el derroche decorativo del interior –el ejemplo que doy es un techo artesonado también de la casa de Pilatos–.
Habrá otro post sobre sevillanos literarios y otras referencias.



viernes, 29 de marzo de 2013

Francisco de Pacheco y Quevedo

Recuerdo de Cervantes (plaza de la Pescadería)


Siempre que paseo por Sevilla y admiro sus patios recuerdo los versos de Machado, Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero.... tópico bien engastado en su retrato –"¿Conoces la tierra donde florece el limonero?" (Goethe), que he vuelto a recordar cuando al pasear por la calle Betis, en pleno barrio de Triana, he visto una placa relativamente nueva (2002) dedicada a Demófilo, a su ascendiente folclorista. Sevilla no es para recordar fetiches literarios o históricos, pues son demasiados, desde Juan Hispalense, Colón y Cervantes hasta Bécquer y Cernuda, pasando por hitos tan universales como el de don Juan. Demasiada historia, regularmente conservada en la vida colectiva, bien guardada en algunos de los lugares emblemáticos que he podido ver, huyendo de capirotes: la casa de Pilatos, el Hospital de los Venerables, el Museo Municipal.... 


Hospital de los venerables
Impresionante colección de zurbaranes, murillos y valdeses leales con al algún velázquez menor y muestras de Alonso Cano, Pedro de Mena, Francisco Pacheco... Me ha interesado mucho Francisco Pacheco, protegido por el Duque de Medinaceli, para el que trabaja, y para el que pinta por ejemplo el techo de la casa de Pilatos –Hércules–, además de haber dejado un reguero de cuadros en el propio hospital de los Venerables, en el Museo Municipal y supongo que en bastantes más sitios. Aquí también he encontrado la monografía de Cacho sobre el Libro de Retratos, recién publicada, pero ya lejos de mi bolsillo, qué le vamos a hacer.
Francisco Pacheco hubo de conocer sin duda a Quevedo, probablemente en el viaje que la comitiva real hizo a Sevilla en torno a 1625, y allí pudo haberle dibujado para su Libro de retratos, pero también allí pudo haber conocido al yerno, Velázquez, de cuya mano o de cuyo taller saldría el famoso retrato del escritor, ahora puesto en entredicho por la autoría de Vander Hammen. En todo caso, no se agotan las relaciones de Quevedo con los sevillanos: muy importante parece la que estableció con un canónigo, Sarmiento, que le pasó un manuscrito con las obras de Fray Luis de León, que el escritor madrileño preparó para su edición (1629) y luego apareció (1631) como princeps de las obras poéticas del agustino. Ahí es nada. 
La correspondencia nos devuelve cartas y papeles cruzados entre Pacheco y Quevedo, a propósito de las inundaciones en Sevilla, en la polémica sobre los clavos de los cristus pintados, etc. Espero que dentro de poco Christopher Maurer nos regale la edición de un manuscrito poético de la Houghton Library, con autógrafos de Pacheco, que también se encuentran en la BNE y otros lugares: su letra, perfectamente dibujada es un modo de letra común en la época.
Todo pasado por Sevilla, a donde he venido para ver capirotes, cosa harto difícil. Veremos esta "madrugá".

Rincón de Cernuda

martes, 26 de marzo de 2013

jazmín de invierno



flor amarilla dio el jazmín de invierno
sin olor diminuta y rezagada
unos brotes apenas escondidos
entre hojas entre tallos entre ramas

pierde su luz muy pronto no resiste
la humedad del invierno ni las rachas
de viento que de monte y mar le llegan
y cruzan por el valle de santalla

apenas una luz entre la lluvia
envidia a los evónimos que se alzan
para tejer la red que dé las sombras
y escondan en agosto las miradas

con cuidado corté la más entera
en mi mesa quedó en un vaso de agua


domingo, 24 de marzo de 2013

Lluvia en el valle de Santalla





azalea gitana

violetas silvestres
cruza la lluvia el valle de santalla
no sabe marzo qué color convenga
a una tarde de viento revoltoso
a veces azul a veces de tormenta

camelios blancos rojos y rosados
por todos los rincones hay violetas
en flor está el membrillo del japón
el abruño el jazmín las azaleas

los lilos se coronan de botones
y en el arce dorado hay hojas nuevas
sin embargo no gustan los castaños
de asomarse a mirar la primavera

un capullo de fucsia en el baladro
espera a que el calor venga y lo encienda.

un capullo de fucsia en el baladro

jazmín de invierno


azalea

membrillo del japón










viernes, 22 de marzo de 2013

Novelas: Kristal me lleva a Vargas Llosa, Becerra me aleja de Piglia

Resulta difícil y complicado moverse en el universo de la novela actual, sobre todo –que es a lo que me voy a referir ahora– de la escrita en lengua española. Las obras no se han decantado a su paso por la lectura de generaciones y aparecen y desaparecen vertiginosamente, como las canciones del verano, a veces impulsadas por campañas editoriales –o de otro tipo–, a veces promocionadas por movimientos compulsivos de lectores ávidos de buenas lecturas, por modas que provoca el cine, el teatro o cualquier otra circunstancia. Yo mismo, en pocas ocasiones, es cierto, he dado la imagen de algún relato actual en este blog y me he sorprendido de reacciones o comentarios que no esperaba.
En alguna de mis últimas clases hube de sacar a relucir el tema, porque pensaba que uno de los mejores modos de alcanzar cierta pericia y gracia en la expresión, sobre todo en la escrita, podría lograrse con buenas lecturas de textos en prosa (novela, ensayo, periodismo, etc.) que yo aconsejaba realizar despacio paladeando buenos escritores, deteniéndose incluso de vez en cuando en alguna página para asomarse a los talleres donde se cocinó el léxico, se amañó la sintaxis, se trabajo en niveles semánticos, etc. A la hora de recomendar modelos para esa gimnasia, me salía la prosa de clásicos modernos, que es lo que recomendé, encareciendo muy mucho que la recomendación no entrañaba el encomio narrativo: Gabriel Miró y Azorín pudieron ser dos excelentes escritores –cuyo modo de escribir es histórico, no actual–, pero resultan un desvío como novelistas, como narradores. De ese tenor, recomendaba, de Miguel Delibes hacia acá, las novelas no regionalistas del propio Delibes, los ensayos de Francisco Ayala –señoriales y rigurosos al mismo tiempo– o la exhibición de novelistas actuales como Luis Landero. Cuando me preguntaban sobre otro nombre, me daba cuenta de que el valor de los otros nombres no radicaba –o no radicaba solo y esencialmente– en la exhibición del estilo sino en otros aspectos: Rafel Chirbes en Crematorio (acaba de publicar En la orilla, con ella ando); los últimos cinco relatos de Luis Mateo Díez, Mendoza, etc. hasta llegar a otros novelistas en los que el estilo verbal –que no el novelesco– es meramente funcional, como en Belén Gopegui, totalmente volcada en lograr otras funciones de la novela, sin que eso signifique desdén hacia su estilo "verbal". El paso siguiente sería el de los novelistas que sobreponen los modos narrativos a la verbosidad del estilo, como es el caso extremo de Javier Marías, que acepta juicios para todos los gustos.
Hice referencia en ese manejo de nombres y consejos a otros muchos nombres, desde luego, entre ellos el de Millás, para señalar su capacidad para la ironía y el relato corto, pero me encontré con un alumno que me contradijo y alabó su última novela. La dispersión del juicio me sirvió para señalar que la dirección de la novela no va siempre de la obra al lector, sino que se produce muchas veces en sentido contrario: es el lector el que busca o rechaza determinadas maneras narrativas, cierto; yo suelo rechazar la novela fantástica, por ejemplo. No todo el mundo disfrutará con las dos últimas novelas de Vila-Matas, atractivas por dejar en libertad una inteligencia desatada que mueve el estilo con facilidad y riqueza; precisamente frente a Luis Landero –quizá el mejor ejemplo actual para enriquecer el estilo– que parece haberse enredado en esa construcción manierista en detrimento de otros elementos de la narración, que resultan excesivamente difuminados. Quizá nadie le ha señalado exactamente el excesivo juego de bimembraciones que a veces soportan sus páginas.
Por ahí se nos cuela otro elemento que mejor se aprecia desde la narratividad (tema, tiempo, espacio, personajes, motivos, perspectiva....) que desde el estilo. Vila-Matas juega en las fronteras de esa narratividad, Landero lo hace con el acendramiento del estilo.



Así pues, y para seguir con paradigmas, si frente al equilibrio tipo Francisco Ayala nos dirigimos hacia arriba y no hacia abajo, nos encontramos con el amaneramiento de Landero y, aún más arriba, con escritores de un refinamiento peculiar que no son, en principio, aconsejables para dominar el estilo, estela que arranca en Ortega y Gasset –casi barroco– y que alcanza a los sortilegios intelectuales de Sánchez Ferlosio, con páginas impagables, de una precisión extrema, al lado de otras en las que el encadenamiento de ideas se asienta sobre una catedral sintáctica, que nos recuerda Los nombres de Cristo, de fray Luis de León. No parece que fueran modelos apropiados para quienes quieren alcanzar velocidad de crucero en su expresion escrita, aunque sin duda de su lectura resultarían otras muchas lecciones.
Habida cuenta del avispero de novelistas actuales y de los juicios interesados de editores, círculos literarios, etc. lo mejor suele ser el consejo de un buen lector –que puede ser el amigo, el colega o el crítico–, que además da la temperatura del libro. Un buen compañero, competente, lector asiduo, es el mejor consejero; algo más lejos, también lo es un buen crítico al que no se le hayan detectado demasiadas manías ni esté obsesionado por criterios extraños –el ideológico, por ejemplo, que ha servido para condenar algunas novelas de Belén Gopegui. Ignacio Echevarría o Ricardo Senabre resultan, entre otros, críticos de buen aconsejar. También funciona el criterio contrario, incluso a niveles mucho más profundos: si Efraín Kristal nos lleva a Vargas Llosa, y del último libro de Juan Carlos Rodríguez (Formas de leer a Borges (o las trampas de la lectura), Universidad de Almería, 2012] se nos antoja volver a leer a Borges, Eduardo Becerra resulta tan mocho que envenena y nos aparta de Ricardo Piglia. Y es que un mal consejo de un buen amigo puede hacer tanto daño como un crítico malo, que solo puede sortear un lector experimentado, pero no siempre el que empieza.
La aparición de Piglia y de Vargas Llosa nos advierte –desde luego– de la amplitud geográfica de la narración en lengua española, es decir, de los muchos y constantes modelos que provienen de lejos y nos hablan –con matices casi siempre salvables– en lengua común. La formidable extensión de ese campo es un motivo de gozo (¡lo que hay que leer!) que merecerá otros comentarios en otros territorios.
El actual era solamente para aconsejar lecturas a quien está preocupado por mejorar su modo de escribir. Seguiremos.

jueves, 21 de marzo de 2013

Fallas, ruido, música.... Melancolía













Se avecinan las fiestas de primavera; las primeras, como es lógico, las de Levante: la vida que emerge necesita purgar todo lo viejo y purificarse; se dice que todas estas fiestas son un resultado más o menos simbólico y tradicional de ese proceso de purificación, que en el caso de Valencia quema todo para salir de nuevo. Lo que pasa es que se ha creado con mimo, atención y dinero para que se consuma rápidamente, no es que se destruya lo viejo, sino que se quema lo recién terminado y brevemente expuesto.

Eso sí, las fiestas tienen ese indudable valor social de toda fiesta que se precie: reúnen a la gente y la invitan a experimentar, celebrar, etc. en convivencia. Las razones de la convivencia no son en las fiestas especialmente llamativas: cantar, comer, pasear.... Cuanto más cerca estén de ser pura convivencia más valiosas son estas celebraciones; cuanto más se alejen de esa comunión social –beber, discotecas, comilonas, playas, etc.– menos valor social tienen y más se alejan de su función primera: la de la convivencia, quizá de la cohesión de un pueblo.
Las fallas mantienen vivos muchos elementos de cohesión, aunque muy contaminados, como no podía ser de otra manera: las reuniones, la música, las celebraciones en torno a un acto mínimo, el "disfraz" que significa vestirse de otra manera (y estar preparando ese atuendo durante todo el año), un vago sabor religioso (la ofrenda), el ingrediente natural (flores), la ostentación de hábitos ancestrales (la hoguera y el fuego). etc. Todo eso es ejemplar y sirve para que el visitante o el extranjero aprecie –o al menos, que lo intente– las fiestas, que bien se ve que constituyen todo un proceso de aprendizaje que los valencianos inculcan a los niños y adolescentes. En las largas procesiones de esos días, por ejemplo, es notable la contribución a la fiesta de grupos, personas mayores, y familias con niños; no hay, sin embargo y en proporción, tanto joven, quizá porque están en otras guerras, también muy dignas, o se sitúan un poco al margen, lo que no quiere decir que lo hagan en contra.



Alguien comentó, al volver de la plaza del Ayuntamiento, donde se quemó la más grande de las fallas y se exhibió el último castillo de fuegos artificiales, que las brasas y hogueras que quedaban, en el itinerario de vuelta, producían una cierta tristeza. Vamos a dejarlo en melancolía.