Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

lunes, 27 de febrero de 2012

Epístolas urbanas (II)


El tono natural de las epístolas
repele la emoción que no proceda
de un parco pensamiento sosegado
que controla los versos y somete
los efluvios vitales y vaivenes
al  modesto rigor de casi prosa,
de modo que si llega o se aparece
en medio de reflexiones sesudas
la fresca imagen de mi panadera
sonriendo a todos los que pan queremos
–el pan que viene de sus manos blancas–
he de seguir como si nada fuera
más importante que las tonterías
que se le ocurren a la inteligencia
cuando le da por aburrirse un rato,
porque se nutre la emoción de brumas
en las que el pensamiento no es capaz
de resolver lo que le envían desde
un árbol agitado por el viento,
el ritmo de la música nocturna,
el aroma dulzón y empalagoso
de una noche estival mirando el mar,
la soledad de un niño abandonado,
los ojos asustados del enfermo…

Inmensidad del desconocimiento,
inabarcable dimensión humana,
necesito palabras aun más largas
donde poder almacenar espacios
vacíos que jamás comprenderemos.

Acepto que los versos sean engendros
de la emoción; y las palabras, una
manera de traición a la que vamos
para disimular nuestra ignorancia
de animales heridos por el tiempo,
que reconstruyen su pequeña historia
como si todo sucediera dentro,
en un rincón oculto del cerebro
en el momento que nos decidimos
a imaginar que así sería el resto,
para que la armonía tranquilice
nuestra existencia y ni el dolor absurdo
ni la felicidad incomprensible
impidan proseguir nuestro camino.

Nuestro camino, que es el de llegada,
la llegada con los ojos cerrados.
Con los ojos cerrados va la tarde,
con su modo de ser siempre inclinada,
para que fluya sin cesar la fuente
de luces que creció cada mañana;
con los ojos cerrados va ya todo
luces fuego palabras barro piedra
y el mar del tiempo que al final aguarda.


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