Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

miércoles, 12 de mayo de 2010

LIbros y lecturas recomendados

No habrá muchas sorpresas en la relación de libros y lecturas aconsejados, porque por encima de criterios comerciales, que tanto cuentan  actualmente, el gusto del público educado suele acertar  y empujar poco a poco hacia la tradición lo que tiene consistencia, mientras que se va perdiendo no solo lo efímero sino también lo que parecía haber sido espléndidamente valorado en el momento de su aparición, a veces por motivos comerciales. Esa suele ser la razón del "clasicismo", la de la vigencia en tiempos y espacios distintos al de su creación, y la de la consolidación de un canon, con fronteras imprecisas, pero de núcleo relativamente fijo, constante. De manera que en el abanico de esta primera entrega hemos incluido una cierta variedad de textos, empezando por dos clásicos, el Diálogo de la lengua, de Juan de Valdés, no siempre bien editado hoy, que leerán los que sepan paladear labores de estilo, lentitud de elaboración, diálogos exquisitos y viñetas del pasado renacentista. Se puede leer a fragmentos, que es un tipo de lectura que suelo recomendar para algunos clásicos, incompatibles con la aceleración del siglo xxi.
Por la misma razón, no aconsejo leerse el Isidro de Lope de Vega, que es mi segunda sugerencia, de una tirada, porfi, no. La poesía de Lope ha sido tan escasamente editada, que esta aparición en vísperas del día del patrón madrileño, para quien vaya buscando sus huellas por los alrededores de la iglesia de San Pedro o de la casa de los Vargas (frente a la iglesia actual de San Miguel), puede aderezar todo ello con la lectura de alguna de sus mil quintillas. 
Pedro de Padilla, nueva sugerencia, es de esos autores que han merodeado siempre por las  fronteras del canon. Sus poemas inundan manuscritos y bastantes impresos en torno a 1580,  fecha clave en la historia de la poesía española; de su pluma salen romances, jácaras (las primeras), poemillas para cantar, poesía de la tradición culta... Dos beneméritos hispanistas, que vienen publicando poesía de manuscritos olvidados o poco conocidos, han venido recuperando  buena parte de la poesía de Padilla, al que se puede leer, asimismo, selectivamente, por ejemplo en el volumen de la ilustración.                                        
De los restantes clásicos, la feria del libro madrileño expondrá los dos primeros volúmenes de la nueva Clásicos Castalia, un excelente Romancero, en edición de Giuseppe DiStefano; y la recuperación para el clasicismo de una novela difícil de Torrente Ballester, de la que siempre se dijo que había sido su mejor novela: La saga-fuga de J.B. Va, por cierto, como curiosa novedad, el nuevo formato de esta colección de clásicos, que me honro en dirigir. La aparición de los dos libros póstumos de Blas de Otero (de la que ya di cuenta en este cuaderno de pantalla) me exime de extenderme más sobre poesía. Además, una entrada periódica de este cuaderno va a traer a pantalla una serie de poetas españoles actuales. Ya dijo Cervantes que la poesía era cuestión aparte. Y a Cervantes no se le pueden discutir las ideas cuando se pone en plan crítico-literario.
Dos novelas escritas en español voy a recomendar, la primera casi naturalmente evocada al hablar de Cervantes, pues Luis Landero es quizá el mejor de nuestros cervantistas actuales, incluso en detalles como el de introducir aspectos de la interpretación de la obra en la misma obra, por ejemplo (p. 182-183) cuando su protagonista muestra las entretelas de la novela: "Ya he vuelto a perder el hilo de la historia. Bueno, si es que esto es una historia, porque al fin y al cabo mi vida es el cuento de los que nada tienen que contar. Y es que a mí me han ocurrido muchas cosas, sí, pero ninguna de importancia, y por eso sólo puedo contar episodios nimios y dispersos". Así es: no hay que buscar una ambiciosa estructura novelesca en esta deliciosa maravilla cervantina, de estilo impecable. Suelo recomendar a Landero, como lectura natural, como agua, para quien quiera enriquecer, pulir sus modos de espresión, por su capacidad de precisión léxica y su orfebrería sintáctica, sin que se note más que cuando uno vuelve con el lápiz en la mano, por ejemplo para empalagarse con las bimembraciones del Guitarrista, novela anterior. Algún crítico se lo señalará.
 
"Son demasiados asuntos en tan poco tiempo" (p. 36), dirá el lector. Lo dijo Vila-Matas en su  última novela, a  mi modo de ver la mejor del autor, que bien se podría leer haciendo descansillo en esos acertados remansos reflexivos que entreveran el relato y que representan el lugar de la observación sicológica, de la ironía: "Está demasiado conectado al pensamiento..." "Se miran y aparece también una corriente de misterios entre ellos..." "Sus respuestas  le llegan en una dirección inesperada, no conectadas necesariamente con las preguntas." "... como editor venido a menos, tenia un comprensible punto de locura". Y el etc brillantísimo y oportuno que da sabor a un relato muy logrado, a pesar de su infinita pedantería, que en este caso, por fin, funciona. He recomendado a mi alumna Paula, enamorada de Nueva York, que se lleve a Vila Matas en la maleta. Pero, vamos, también sirve para playas, para mesita de noche y, desde luego, para Dublín.
No me voy a despedir de esta primera entrega sin aconsejar el último Haruki Murakami, menos denso que Vila Matas, mucho más sutil y, quizá, menos rico, por más que el lector quiera leer una "filosofía de vida" en sus correrías por medio mundo. Se trata de una lectura curiosamente ligera y universal: el maratón de Atenas, el de Boston... en la que el lector ha de poner mucho de su parte. No siempre fue así de ligero Murakami. Lectores hay que no terminaron algunas de sus primeras entregas. ¿Qué papel habrá jugado en todo ello la traducción?

Y tampoco me voy a despedir sin dejar la huella de algún libro de otro sabor: el de los libros como objeto, la historia, la erudición, si es que así lo prefieren, para los que, como yo, gustan de catálogos, rincones de la historia, relatos de nuestro pasado, circunstancias que nos fueron haciendo como somos, más bien complicados, como en las pelis de Bergman. La colección de libros del IV duque de Uceda puede cumplir muy bien esa misión, en la cuidada y rigurosa edición de una editorial de postín, Calambur, con cuya ilustración, al lado de una instantánea que tomé del último maratón de Boston, termina esta primera conseja.

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